El Silicon Valley de los soviéticos en Siberia


Akademgorodok, el desconocido “Silicon Valley” de la Unión Soviética
Un desconocido pueblo de la Rusia profunda fue la punta de lanza de la innovación soviética, albergando a miles de científicos y a sus familias, quienes gozaron de una inusual libertad de expresión y calidad de vida privilegiada.

Casas, tiendas, hoteles, edificios, cines, librerías, una biblioteca con más de cien mil títulos, una universidad, un complejo deportivo, 35 institutos de investigación y 65 mil hombres y mujeres brillantes viviendo en el lugar con sus familias, disfrutando de exhibiciones de arte, lecturas de poesía e incluso el ocasional bardo itinerante.

Aunque cueste creerlo, la escena sucede en plena Guerra Fría, en la Unión Soviética post-estalinista de Nikita Krushev. Más curioso aún es su ubicación: en la remota Siberia, a unos 3.400 kilómetros de Moscú.

Akademgorodok (literalmente en ruso “Ciudad Academia”) fue el más importante proyecto soviético de una ciudad científica, algo así como un Silicon Valley que le permitiría al bloque comunista estar a la par en innovación con Occidente. Para ello dio a sus habitantes, los más brillantes científicos del país, una muy rara libertad de expresión y lujos muy poco vistos en otras parte de la URSS.

¿Cómo se gestó el proyecto? ¿Cómo vivían? ¿Dio resultados? ¿Qué queda hoy? Si quieren añadir un dato freak más a su colección ¡síganme!

La Nueva Atlántida soviética
En 1608, Sir Francis Bacon, científico y filósofo padre del método moderno de razonamiento inductivo, describía en su utópica obra La Nueva Atlántida la Casa de Salomón. En este lugar imaginario habitaba una comunidad científica cuya única labor era la búsqueda del conocimiento a partir de la naturaleza en pos de mejorar la condición humana.

Fue la inspiración para la creación de la Real Sociedad de Londres sesenta años después, y también para la creación de Akademgorodok, en 1957.

Eran tiempos de la Unión Soviética de Krushev, quien estaba ansioso por dejar atrás la anticuada y poco cool imagen del país de la época estalinista, y luchar de tú a tú con Occidente en el campo de la ciencia y la tecnología. Para ello contaba con la asesoría de Mikhail Lavrentyev, condecorado científico y miembro de la Academia de las Ciencias de la URSS.

Lavrentyev provenía de una familia acomodada de científicos y desde su niñez estuvo expuesto a las ideas del racionalismo científico francés e inglés, que luego abrazó en su carrera como matemático (incluso tuvo la oportunidad de estudiar en París).

Bajo su dirección y con el total apoyo de Krushev, Lavrentyev comenzó a gestar un ecosistema que permitiera a los científicos de más alto nivel del país trabajar sin presiones ideológicas, políticas y económicas, una oportunidad rarísima en la Unión Soviética.

El triángulo de la ciencia
En su libro New Atlantis Revisited, el historiador Paul R. Josephson, explica que Lavrentyev quería que el proyecto uniese tres principios importantes en un “triángulo de la ciencia”.

Primero la interdisciplinariedad. El científico buscaba que existiese una retroalimentación entre las distintas ramas científicas, mediante la aplicación amplia de enfoques matemáticos, metodologías y lenguajes.

Segundo, fortalecer el lazo entre ciencia y producción (lo más requerido por el mando central), para lo que se integraron oficinas de diseño, industrias y fábricas-laboratorios en las cercanías de cada instituto de investigación. La idea era acelerar el proceso entre el descubrimiento práctico de algo y su producción.

Por último, que el lugar incentivara el contacto entre académicos de los institutos de investigación y estudiantes de la universidad, para que se diera un caldo de cultivo de grandes científicos e ingenieros.

Manos (heladas) a la obra
El lugar escogido fue Siberia. Esto se explica quedaba convenientemente lejos de sus “enemigos” de Occidente y del centralismo de Moscú, de quienes se buscaba también generar una independencia psicológica.

Akademgorodok se construyó como barrio autónomo a unos 30 kilómetros de la ciudad de Novosibirsk, la tercera ciudad más poblada del país, en un proceso que se podría describir como “un culo”, porque imagínense la tarea de construir una pequeña ciudad de la nada en medio de la fría taiga siberiana.

“Se tuvieron que construir caminos, tuberías, drenaje y tendido eléctrico. El equipamiento y los suministros eran enviados en trenes de un largo de varios kilómetros que siempre llegaban con atraso. Cuando los edificios eran terminados, los laboratorios e institutos que los iban a llenar, frecuentemente todavía en Moscú o Leningrado (hoy San Petersburgo), también eran cargados al por mayor en trenes para la larga travesía a Siberia, y ellos también tenían dificultades en adquirir equipamiento moderno”, explica Josephson.

Krushev de visita en la construcción y seguramente lamentándose de no ser el Presidente de algún país en el Caribe.

En 1957, al cuarto año del mando de Krushev y luego de la luego de todas las penurias antes mencionadas, se inauguraba Akademgorodok. Posteriormente se crearían otras ciudades científicas en la misma región, y también en lo que es hoy Ucrania, pero ninguna alcanzaría su tamaño ni importancia.

La vida en la Ciudad de la Ciencia
El cascarón estaba hecho, ahora se necesitaba quien lo poblara. Lavrentyev y otros visionarios encargados del proyecto se encargaron de en poco tiempo poblar la pequeña ciudad, descrita como un cruce entre típica construcción sobria soviética y campus universitario, con decenas de miles de matemáticos, físicos, biólogos, geólogos, químicos, etc. quienes se encargarían de los centros de investigación de Akademgorodok y de nutrir la mente de jóvenes estudiantes, principalmente siberianos, que asistirían a la universidad del lugar.

“Muchos eran científicos renegados. Otros, por sus personalidades fuertes, simplemente no encajaban entre el status quo científico de Moscú y Leningrado”, acota Josephson.

El contingente de científicos aumentó de los iniciales 30 mil de 1958 a llegar a los 65 mil en los sesenta, la época dorada bajo el alero de Krushev. El contingente de mentes jóvenes y brillantes también iba en aumento. En todo el país se efectuaban olimpiadas matemáticas y de ciencias donde jóvenes de 14 años competían por obtener una residencia en Akademgorodok. Irse a Siberia era un premio.


Vistas aéreas de la ciudad.

En tiempo récord, Akademgorodok se convirtió en un símbolo de prestigio. Los científicos vivían en departamentos bien amueblados, tenían acceso a alimentos poco comunes y disponían de una gran variedad de actividades culturales.

En una visita a la ciudad científica durante la época soviética, el historiador Abraham Resnick da una buena idea de sus lujos:

“La vida es bastante cómoda para científicos y técnicos de Akademgorodok y sus familias. La mayoría vive en edificios de cuatro pisos, que contienen, cada uno, 36 apartamentos de 2 y 3 piezas. Algunos académicos viven en sus propias casas llamadas cottages, en la parte más espaciosa y pintoresca de la ciudad”.

“Los modernos centros comerciales de esta especial ciudad están diversificados y es fácil caminar o andar en bicicleta a las tiendas convenientemente ubicadas, clubes, librerías y centros deportivos. Los modernos teatros atraen a mucho público. Los espectáculos culturales allí son profesionales y numerosos”, describía.

Aunque quizá lo más atractivo era la vigilancia sorprendentemente laxa del Partido. Era posible leer obras prohibidas en otras partes de la Unión Soviética en la bien alimentada biblioteca, escuchar música y poesía de todo el mundo e incluso reunirse en club sociales y cafés para discutir (se cree que el primer club social de la URSS se fundó aquí). El contacto con científicos de Occidente también estaba permitido.

Un club y café de la ciudad. En la Unión Soviética también se conquistaba a las mujeres con la guitarra. Fuente: NSU

Pero la libertad y los lujos tenían como objetivo hacer que los científicos rindieran y pusieran a la URSS en la carrera de la ciencia y tecnología que Krushev quería ganar ¿Dio frutos esta pequeña Atlántida soviética?

La ciencia de Akademgorodok
Hablar de logros específicos es el punto más decepcionante de las ciudades académicas soviéticas, y Akademgorodok no es la excepción.

Pese a la buena disposición del Partido Comunista, aún existían trabas burocráticas, ideológicas y económicas que lastraban el potencial de los centros de investigación.

Presiones por ver la ciencia aplicada y en beneficio de la región, el privilegio de ciertos campos sobre otros (la cibernética y la genética fueron siempre repudiadas por Moscú), y la necesidad de nuevos equipos y mantención de los antiguos, fueron limitando muchos de los proyectos que se querían llevar a cabo.

Sin embargo, sí se lograron avances importantes en variadas áreas. El físico Gersh Budker desarrolló la refrigeración de electrones, un nuevo método de aceleración de partículas. “Otros físico produjeron resultados dramáticos en investigaciones de fusión alternativa”, agrega Josephson.

Instituto Budker de Física Nuclear, en Akademgorodok, llamado así por Gersh Budker.

Aquí también se hicieron los primeros acercamientos soviéticos a la genética, mediante el estudio de la hibridación vegetal y el cruce de animales, y también a la cibernética, gracias al trabajo de Aleksei Liapunov, uno de los fundadores de esta área en el país y pionero de la ciencias computacionales. También destaca Andrey Ershov, pionero de la programación de sistemas y creador de uno de los primeros algoritmos para compilar expresiones aritméticas.

Quizá la lista sería más amplia si no fuese por democión de Krushev y el alza de Leonid Brezhnev en 1964. Fue el fin de los años dorados en Akademgorodok.

La política se come a la ciencia
Con Brezhnev vino una serie de medidas que buscaban aumentar la presencia del Partido en todo el país. Esto significó para Akademgorodok una mayor vigilancia, burocracia, controles y un golpe importante al generoso aporte económico (aunque igual insuficiente) que caracterizó al periodo de Krushev.

El mayor impacto tuvo que ver con los requerimientos del Partido a los institutos de investigación de la ciudad científica. A Brezhnev no le interesaba la investigación básica, él buscaba los grandes inventos, la gran ciencia, que le daría un empujón a la economía soviética.”La ciencia y la tecnología llegaron a ser vistos como meros instrumentos para lograr una mayor producción industrial y poder militar”, escribe Josephson.

Los equipos anticuados y la falta de nuevos, los edificios de baja calidad y la falta de inversión no ayudaban en satisfacer los requerimientos del Partid, y una época de estancamiento comenzó que duró hasta el mismo fin de la URSS.

El Silicon Valley Forest ruso
A diferencia de otras ciudades científicas, Akademgorodok nunca fue abandonada. Aún luego de la apertura de Rusia y la fuga masiva de cerebros a Occidente, conservó una población relativa de 30 mil a 40 mil personas. Curiosamente, el mismo capitalismo es responsable de haberla mantenido activa.

Novosoft, una de las primeras compañías de software instaladas en 1992 en la ya rusa Akademgorodok, tenía como principal cliente a IBM. Luego se fueron instalando más y más startups, principalmente del área de la programación. La inversión privada era de 10 millones de dólares en 1997, en 2006 fue de 150 millones y el año pasado alcanzó los mil millones.

Hoy Akademgorodok es conocida como Silicon Forest por su ubicación en la taiga siberiana y el ecosistema de emprendedores que la puebla. El atractivo principal ya no es la universidad ni la gran biblioteca, sino un impresionante edificio construido en 2006 perteneciente a la incubadora Academpark.

Dicen que el diseño está inspirado en dos focas dándose un piquito.

Allí, y en edificios aleñados, más de 300 empresas tienen disponibles laboratorios, oficinas y centros de recursos para trabajar en sus proyectos. En 2013 generaban en total ingresos por casi 400 millones de dólares.

Esto no significa que el pasado científico y de tutelaje académico-estudiante haya desaparecido. El nuevo impulso tecnológico también está empujando a los centros de investigación y la universidad de Akademgorodok, logrando que la fuga de cerebros que ha caracterizado a Rusia en las últimas décadas, vaya disminuyendo en la región.

“Antes los estudiantes completaban sus estudios, y una vez obtenidos su títulos, se iban al Oeste. Hoy muchos se quedan aquí porque los salarios en las universidades están mejorando y se les da un lugar donde vivir”, opinaba en 2012 Pavel Kostrikov, antiguo investigador y quien entonces se encargaba del centro de exhibiciones de la ciudad.

Quizá Akademgorodok, la Ciudad de la Ciencia, nunca llegó a ser la utopía que imaginaba Lavrentyev, pero el tiempo demostró que no se equivocaba: la ciencia y la tecnología solo pueden florecer en ecosistemas abiertos, física y mentalmente.

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