Suecia busca la igualdad pero se mantiene violencia machista

Suecia: ¿paraíso de la igualdad?

Linus Lindberg, abogado de 33 años, cuida a su hijo durante su baja paternal. / EVAN PANTIEL

Los suecos llevan décadas experimentando políticas para reducir la brecha de género. Tienen un Gobierno feminista y el esfuerzo por
la equidad se extiende por escuelas, casas y oficinas. Pero el país nórdico encierra una paradoja: presenta una de las mayores tasas
de violencia machista de la Unión Europea.
DOMINGO 05 DE MARZO DE 2017 ES MEDIODÍA y Linus Lindberg, abogado de 33 años, ya ha hecho todas las tareas: ha recogido la casa, ha jugado con su hijo Henri, de
13 meses, le ha dado de comer y ha fregado los platos. Luego irá a comprar y cocinará la cena para él y su pareja, una psiquiatra de
35 años que vuelve a las seis a casa. El piso que comparten, en un silencioso barrio de bloques y parques a las afueras de
Estocolmo, lo limpian entre los dos. Ella estuvo de baja los primeros meses. Él ha terminado unas prácticas pagadas de dos años y
ahora, durante seis meses, pasa el día con el niño y cobra del Estado una asignación proporcional a sus ingresos. “Compartir nuestro
tiempo con Henri es la única opción que contemplamos. Sería muy raro que solo ella se quedara en casa”, dice mientras toma en brazos
al bebé.

En Suecia, los permisos no son por paternidad ni por maternidad. Son parentales: 480 días para repartir de manera flexible entre
ambos, de los cuales 90 son exclusivos para la madre, y otros tantos, para el padre. Si uno de los dos no se los toma, los pierde.
Es la forma que tiene el país de garantizar que el cuidado de los hijos no recaiga solo en ellas y es una de las medidas que
muestran por qué es uno de los más igualitarios del mundo. Aquí las políticas para corregir la brecha de género no dependen de la
voluntad de un Gobierno más o menos progresista ni son un accesorio del Estado de bienestar, sino que son una parte estratégica de
su construcción desde hace décadas. La conciencia de género está incrustada en los símbolos del poder político –el Ejecutivo,
integrado por socialdemócratas y verdes, se define como feminista– y flota en las oficinas, en las escuelas y en los salones de las
casas. Hay, sin embargo, un agujero negro: las elevadas tasas de violencia machista.

Amanda Lundeteg, que elabora la lista negra de empresas cotizadas sin mujeres en su consejo. EVAN PANTIEL
James Pearse, de 41 años, no conoce a ningún padre que no se haya cogido la baja por cuestiones laborales o por temor a lo que
piensen en su empresa. “Si vas por la calle cualquier lunes por la mañana, ves a muchísimos hombres con niños”, asegura. Él es
británico, tiene un negocio de publicidad y trabaja fuera de casa dos días a la semana. El resto del tiempo cuida de Dylan, de año y
medio, y de Lily, de cinco. “En este país la familia es siempre más importante que el trabajo”, cuenta en el barrio donde vive con
su pareja, Jessica Engstrom, de 39. Ella también es publicista y asegura que en las grandes compañías suecas, como el banco para el
que trabaja, hay incentivos para que los empleados cuiden de sus hijos. “Completan con un 10% más la asignación que da el Estado
cuando estás de baja. Así cobras el 90% del sueldo”, explica.

EN SUECIA, EL GOBIERNO ES PARITARIO Y EL 44 POR CIENTO DEL PARLAMENTO ES FEMENINO. TIENE LA TASA DE EMPLEO DE MUJERES MÁS ALTA Y UNA
ARZOBISPA COMO PRIMADA
Pese a que el sistema sueco empuja a los hombres a compartir la crianza, todavía son las mujeres las que utilizan el 74% de los días
de baja frente al 26% que emplean ellos. Por eso el Gobierno introdujo en 2016 la medida correctora de los 90 días intransferibles,
en vez de los 60 de años anteriores. “En un mundo ideal”, dice James, “cogería los mismos días que Jessica, pero siendo autónomo, si
me tomo un año entero, perdería a mis clientes. Necesito un mínimo contacto con ellos”, cuenta. No es perfecto, pero es mejor que,
por ejemplo, en España, donde han vivido un tiempo. Aquí los padres hasta ahora solo han tenido dos semanas y a partir de este año
son cuatro; en Suecia se introdujo el concepto en 1974. “¡La diferencia es como entre la noche y el día!”, exclama ella. James lo
compara con Reino Unido, donde ausentarse de una reunión porque el hijo está enfermo o tomarse el resto del día para ir a cuidarlo
es todavía extraño. Para los suecos es todo lo contrario.

Después de Finlandia, Suecia es el país más igualitario de la UE y el cuarto del mundo tras Islandia, Finlandia y Noruega, según la
clasificación anual del Foro Económico Mundial. Si 1 es la igualdad teórica social, Suecia se sitúa en el 0,81 –España, por ejemplo,
figura en el puesto 29º de la tabla, con 0,73–. El Ejecutivo es paritario, y el 44% del Parlamento, femenino. El país nórdico posee
la tasa de empleo de mujeres más alta de la UE (78%) y hasta la Iglesia sueca (luterana) tiene como primada a una mujer, la
arzobispa de Upsala.

James cuida de su hija Lily. EVAN PANTIEL
Pero estos datos conviven con otro preocupante: Suecia registra uno de los mayores niveles de violencia de género en la UE. Es lo
que dos investigadores españoles, el psicólogo social de la Universidad de Valencia Enrique Gracia y el epidemiólogo de la
Universidad de Lund Juan Merlo, llaman la paradoja nórdica. En un trabajo publicado en marzo en la revista Social Science and
Medicine, utilizan de base una encuesta europea sobre violencia machista de 2014, en la que Dinamarca, Finlandia y Suecia encabezan
el porcentaje de agresiones (físicas y sexuales) a mujeres dentro de la pareja, muy por encima de la media europea. Esa encuesta es
la primera en ofrecer datos comparables en el ámbito europeo, al emplear la misma metodología y las mismas preguntas, muy
específicas, en todos los países.

Asa Regnér, de 52 años, ministra de Igualdad, admite que, pese a la conciencia social y a las medidas correctoras impulsadas por el
Estado sueco durante mucho tiempo, la violencia contra las mujeres sigue siendo una lacra. “No somos un paraíso ni hemos alcanzado
la igualdad”, afirma en el español que aprendió en Bolivia, donde fue directora de UN Women, la rama de la ONU que trabaja por la
equidad de las mujeres. “Los niveles de agresiones no han bajado en la última década. En su expresión más extrema, los asesinatos,
las cifras sí están descendiendo, pero tenemos 13 muertes al año en un país de 10 millones de habitantes”. En España, con una
población de 46,5 millones, en 2016 fueron asesinadas 44 mujeres.
La ministra de Igualdad descarta que esa violencia tenga que ver con factores culturales o con la sólida tradición de acogida de
Suecia, donde el 20% de la población es de origen inmigrante. “Hay que decir que los niveles de igualdad que tenemos los hemos
alcanzado con todas las personas que viven aquí”.

Los investigadores plantean varias líneas de trabajo para comprender qué ocurre. La primera hipótesis es que en los países nórdicos
las mujeres han logrado más poder y eso suscitaría una reacción violenta del mundo más rígido y machista. La segunda sería que en
estos países se denuncia más, pero eso, de ser cierto, no rompería la paradoja. Otra posibilidad tiene que ver con un factor de
riesgo que comparten los nórdicos, y consiste en un patrón de consumo de alcohol diferente al de otras regiones. “No tenemos
respuesta, hay que investigar”, afirma Gracia.


Jessica cuida a sus hijo Dylan. EVAN PANTIEL
Asa Regnér cree que una de las herramientas más efectivas para combatir la violencia contra la mujer es la pedagogía. “Hemos
presentado una estrategia con mucho énfasis en la prevención, sobre todo para trabajar con los hombres jóvenes, dialogando con ellos
sobre alternativas a la violencia”, explica. También acaban de poner en marcha programas de educación en la igualdad que incluyen a
los cerca de 200.000 refugiados recién llegados a Suecia.

El combate contra el sexismo impregna la vida cotidiana de los suecos, desde la escuela a las empresas. Es una sociedad donde surgen
debates como el del mansplaining, esa situación en la que un hombre da una explicación condescendiente y no solicitada a una mujer,
a menudo sobre materias en las que ella es experta. La idea de montar una línea de teléfono para denunciar esta práctica en las
oficinas, aunque solo durara una semana del pasado noviembre, es un ejemplo del nivel de reflexión sobre género de los suecos. La
impulsó uno de los principales sindicatos del país, Unionen. Christina Knight, una publicista especializada en el tema, respondió a
decenas de llamadas en tres días. “Muchas mujeres estaban agradecidas de que se hablara de esto. Les aliviaba saber que el
mansplaining que habían experimentado una y otra vez no eran imaginaciones o paranoias suyas; también les ocurría a otras”, cuenta.
Por ejemplo, recuerda a una treintañera que decía sentirse anulada por sus jefes porque no la escuchaban. Si intentaba expresar sus
iniciativas, la neutralizaban dándole explicaciones innecesarias, o bien diciéndole que se calmara. “Mi consejo fue que no abordara
el asunto en grupo, sino uno a uno y que les contara cómo se sentía”, explica Knight.


Dos niños pintan en una escuela. EVAN PANTIEL
Pero no todo fue tan constructivo en este experimento telefónico. El responsable de políticas de género del sindicato, Peter Tai
Christensen, asegura que, en las tres primeras horas de llamadas, todas las que atendió fueron masculinas: “Algunos estaban
enfadados con la campaña. Hubo una especie de ataque organizado contra la línea”, cuenta. “Otros decían que ya se había logrado la
igualdad, que basta ya de hablar del tema, y hubo varios que nos criticaron porque decían que hay problemas más importantes”. La
campaña del sindicato se completa con unos cómics en las redes sociales. Entre el catálogo de situaciones, está la titulada Tú debes
de ser la ayudante –un hombre confunde a una mujer con la limpiadora, aunque es la ponente de la conferencia que está a punto de
empezar–. “El sexismo se ha vuelto más sutil, y el humor es una forma de ayudar a reconocer los mecanismos que emplea”, explica
Christensen. “Nos inspiramos en experiencias personales”, añade la guionista Ana Werkell, de 29 años. “Queríamos subrayar cómo se
trata a las mujeres de un modo diferente en el trabajo. Es algo estructural”, cuenta.

LA MINISTRA DE IGUALDAD ADMITE QUE HAY ALGO QUE NO MEJORA: LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES. “LAS AGRESIONES NO HAN BAJADO EN LA
ÚLTIMA DÉCADA”
En otra parte de la ciudad, la sede de la Fundación Albright está en un lujoso piso con enormes ventanales sobre el mar. Su
directora, Amanda Lundeteg, de 32 años, cuenta que empezó a darse cuenta de la brecha de género desde que estudiaba Economía, y
decidió hacer algo al respecto. Algo polémico y provocador. Junto a su reducido equipo, se dedica ahora a hacer una lista negra
anual. En ella aparecen las empresas que cotizan en Bolsa en las que no hay mujeres en el equipo directivo ni en el consejo de
administración. Figurar en esa clasificación no es cómodo en Suecia. “Claramente las empresas notan la presión”, afirma. “Vamos a
las universidades y les decimos a los estudiantes: ‘Eh, mirad, estas son las compañías en las que no querréis trabajar’. Eso enfada
a los empresarios, que nos llaman para convencernos de que les quitemos de la lista, porque invierten mucho dinero en promocionarse
como empleadores. Empezamos hace cinco años con 100 compañías en la lista negra y ahora son 77 de un grupo mayor de empresas
analizadas”, explica. En el país nórdico, el 20% de los equipos directivos y el 32% de los consejos de administración incluyen a
mujeres. “A este ritmo, no habrá paridad en los puestos ejecutivos hasta 2040. Pero por ejemplo en Alemania, donde acabamos de abrir
una delegación, están en el 6%. Suecia le saca 10 años”, asegura.


Asa Regnér, de 52 años, ministra de Igualdad de Suecia. Regnér asegura que para reducir la brecha de género hay que tomar medidas
políticas: “Las cosas no cambian por sí solas”. EVAN PANTIEL
El Gobierno sueco propuso un sistema de cuotas para equilibrar el reparto de poder en las compañías que cotizan en Bolsa. Pero a
mediados de enero sufrió un revés parlamentario y tuvo que retirarlo. El objetivo era lograr el 40% de representación femenina en la
dirección para 2019, pero, de lograrse, no podrá imponerse por ley. Esta es una de las cuestiones que plantea la ministra de
Igualdad, Asa Regnér. “La experiencia sueca en igualdad de género es que hay que tomar decisiones políticas. Las cosas no cambian
por sí solas”, dice.

Son las tres de la tarde y varios padres esperan para recoger a sus hijos de la escuela infantil Egalia, en el barrio de tiendas de
diseño y restaurantes cool del distrito de Södermalm, situado en una de las islas que componen Estocolmo. El centro, para niños de
entre uno y seis años, es conocido como una escuela de género neutro, una experiencia aún minoritaria incluso en Suecia. Es público
–lo financia el Ayuntamiento, y a los padres les cuesta al mes unos 100 euros incluyendo comida– y en él se refuerzan –de forma
exagerada, para algunos– los principios de igualdad que se enseñan en todos los colegios. En Egalia, los muñecos no tienen sexo. Son
de trapo, blancos y negros, y sus caras tienen muecas de risa, llanto o ira para trabajar las emociones. En otra sala hay un póster
con distintos grupos familiares: unos tienen dos padres y dos madres, otro es una madre y un niño; otro más un padre, una madre y
dos bebés… Con ese cartel juegan a familias en vez de a papás y mamás. Los baños no tienen puerta y no son ni de niños ni de niñas.
La directora, la finlandesa Lotta Rajalin, de 58 años, empezó esta experiencia en 1998. “No solo trabajamos con género”, aclara en
la sala de reuniones. “Incluimos todos los valores democráticos. Las piezas de Lego que usamos tienen viejos, jóvenes, personas de
distintas etnias, con diferentes habilidades”, cuenta.


Los muñecos sin sexo de la escuela infantil Egalia, en Estocolmo. EVAN PANTIEL
Los profesores son de distintos países, de diversas edades, y también hay varios hombres en un papel de cuidador poco habitual en
infantil en el resto del país. Para referirse a los alumnos usan palabras que los incluyan a todos –grupo, por ejemplo– o el género
neutro lingüístico –en sueco se emplea el pronombre hen–, en vez del masculino o el femenino. “Pero los niños pueden usar el
pronombre que quieran”, matiza Rajalin. Uno de los principios de Egalia es no atribuir necesariamente unas características
determinadas a las chicas o a los chicos por el mero hecho de serlo. Cuando se le pregunta a Rajalin qué significa eso de género
neutro más allá del lenguaje, puntualiza con firmeza: “Nosotros no lo llamamos así, la gente malinterpreta nuestro trabajo. En esta
escuela trabajamos con el género cultural, contra los estereotipos”. El método ha recibido las críticas de quienes creen que con
esta iniciativa se confunde a los niños. Rajalin saca un papel con un ­círcu­lo. A la izquierda, cualidades y sustantivos que se
suelen relacionar con mujeres: joyas, color rosa, sensibilidad, guapas. A la derecha, los de ellos: ropa cómoda, fuertes, valientes,
tecnología. “Lo que hacemos en esta escuela es borrar la línea del medio, la que divide el círculo”, explica.

A la salida aguardan los padres, como Mikael, de 24 años. Es estudiante de Medicina y en un mes relevará a su mujer en la baja
parental. “La igualdad es importante para nosotros, refleja nuestra mentalidad y los roles de cada uno, y queremos empezar pronto”,
explica. Otra madre, Kristine, de 42 años y agente de policía, cuenta que cada mañana hace un trayecto de 30 minutos para traer a su
hijo de dos años. “Es una elección, no es la guardería más cercana”, afirma. Aquí hay, dice, diversidad, y niños con varios tipos de
familia. “El mío tiene dos madres, y es que así es el mundo de hoy”.

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *