Las mascotas, fieles para siempre


Esas mascotas eternas

Viajeros junto a ‘Hachiko’ en la estación de Shibuya (1925). Su amo murió, pero el fiel perro siguió esperándole cada día en el andén.
Algunos perros siguen venerando a sus amos mucho tiempo después de la muerte de estos.

El pasado 8 de marzo, mientras por todo el planeta se producían manifestaciones por el Día de la Mujer, en la plaza de la estación de Shibuya (Tokio) tenía lugar una ceremonia más discreta: el homenaje a Hachiko y en su figura a todos los perros que amaron a sus dueños más allá de la muerte, porque Hachiko fue aquel famoso akita que durante nueve años esperó en vano el regreso de su amo -el profesor Hidesaburo Ueno- fallecido de infarto mientras impartía clases en la Universidad de Tokio. La estatua de Hachiko se encuentra en la salida del andén número 8 de Shibuya y su historia rebasó las fronteras japonesas gracias a la película Hachiko Monogatari (1987), versionada después por Richard Gere como Hachi: A Dog’s Tale (2009).

Por otro lado, el 20 de febrero pasado murió Capitán en Villa Carlos Paz (Argentina), un perro que durante doce años veló la tumba de su dueño fallecido en 2006. A Capitán le han dedicado numerosos reportajes en Argentina porque los vecinos desean levantarle una estatua en el cementerio local, conmovidos por su cariño y fidelidad. Sin embargo, en España podría contarse una gesta similar, pues el fotógrafo catalán Josep Maria Co de Triola (1884-1965) publicó en Eco de Villanueva y la Geltrú la crónica «Extraordinaria gesta de Skipi, perro ejemplar» (1949), donde glosaba la peripecia del setter de la familia Farrerons-Velasco, extraviado en julio de 1936 cuando una turba entró en la residencia para llevarse a la pintora Rosario de Velasco a una checa

Pasemos por alto los episodios de saqueo, rescate y precipitada huida de la familia hacia Francia para situarnos en Briviesca (Burgos), donde los Farrerons-Velasco se instalaron a mediados de 1938. Le cedo la palabra a Co de Triola: ?En una clara mañana otoñal, pasando el doctor por una de aquellas carreteras vecinas, ¡cuál no sería su asombro y bien comprensible estupor, al hallar ante su mirada -atónitos los ojos por la emoción despertada por la aparición- a Skipi, el fiel y portentoso Laverack que hacía más de dos años había dejado en tierras de Cataluña”. Skipi estaba agónico y ensangrentado cuando encontró a su familia después de recorrer durante dos años más de 500 kilómetros y atravesar los campos de batalla del frente de Aragón. Co de Triola no se lo explicaba: ?¿Cómo pudo «conocer» el perro el paradero de su amo? ¿Cuán acuciantes impulsos, cuántas desazones e inquietudes no hubo de experimentar el animal antes de emprender
tan largo como penoso viaje? ¿Cómo «supo» Skipi la dirección a tomar para poder conseguir sus «propósitos»? ¿Cómo logró poder llegar a la tan deseada meta y cómo «reconoció» que Briviesca era el final de su larga -y es de suponer- accidentada correría?”.

Doña María del Mar Farrerons Velasco está a punto de cumplir 80 años, continúa ejerciendo la medicina y recuerda como si fuera ayer el día que Skipi entró en la casa con un jamón. ?Así nos enteramos cómo sobrevivió, pero nunca supimos cómo nos encontró”.

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