El vino ejercita el cerebro más que cualquier comportamiento


Cómo beber vino para ejercitar el cerebro más que con un sudoku
¿No le convence la cerveza? Tiene la excusa perfecta para pasarse al vino en Oktoberfest

Anda todo el día pegado a la pantalla del móvil, del ordenador, o tumbado en el sofá mirando la caja boba en su tiempo libre. ¿Siente la necesidad de adoptar un pasatiempo más estimulante? Pues ya puede ir descorchando una botella de vino.

Ha leído bien. Según el prestigioso neurocientífico y catedrático de la Universidad de Yale (EE UU) Gordon Shepherd beber esta sustancia ejercita más áreas de la materia gris del cerebro que ningún otro comportamiento humano. “¿Qué tienen en común escuchar música y jugar al béisbol? Ambas activan menos materia gris —uno de los músculos más grandes del cuerpo— que un sorbo de vino”, explicó el experto a la radio americana NPR.

Puede que la próxima vez que sienta la necesidad de adoptar un reto intelectual se lo piense dos veces antes de retomar ese sudoku que tenía abandonado. Alzar la copa de vino puede suponerle un reto intelectual a la altura.

¿Pero qué desencadena esta alta actividad neuronal? A nuestro cerebro le cuesta mucho identificar el sabor del vino. Según Shepherd, que se ha especializado en las respuestas sensoriales y físicas a comidas y bebidas y es autor del libro Neuroenología: cómo el cerebro crea el gusto del vino, el esfuerzo mental que realizamos cuando tomamos una copa de esta bebida se equipara al de “intentar resolver una ecuación matemática complicada”.

Ocurre porque sus moléculas no poseen ningún sabor, obligando al cerebro a inventárselo basándose en experiencias pasadas y aromas conocidos. Lo explica el experto en su libro: “Es un trabajo en el que las papilas gustativas mezclan el olfato y la memoria para generar un verdadero ejercicio mental que culmina en la sensación que percibimos como el gusto de la bebida”. Un complejo proceso que Shepherd denomina neurogastronomía.

Pero no todo vale. Shepherd matiza que este workout cerebral no se producirá si tomamos el vino a grandes sorbos o lo escupimos. Hay que saborearlo en pequeños tragos. Siguiendo estas instrucciones, aquí le dejamos una lista de vinos de sabores delicados y complejos con los que ejercitar mente y paladar: ¿cuán cerca están los suyos del de un catador?

Terras Gauda Albariño (2016)

Este vino ha sido elaborado mediante un proceso que potencia de forma natural sus propiedades biosaludables; un método avalado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Este novedoso procedimiento, protegido bajo secreto industrial, eleva sustancialmente la concentración de Flavanoles (compuestos con propiedades beneficiosas para la salud extraídos de uvas autóctonas).
Mo Salinas Monastrell (2014)

Los Supervinos 2018 —que elige cada año más de 100 botellas por menos de 6,99 euros— selecciona 18 rosados que, como se indica en el prólogo, cada edición logran sorprender más al autor: “El progreso resulta increíble. Cada año aparecen más rosados que son finos, elegantes, naturales, afrutados y puros”. Este se encuentra entre ellos y alcanza los cuatro ojos de lince.

Ponte Boga Mencía (2016)

Los vinedos de la Ribeira Sacra son el escenario de lo que se conoce como vinicultura heroica, un proceso tradicional por el que las laderas del río Sil se convierten en un hervidero de actividad bajo unas condiciones extremas a la hora de cosechar la uva.

Ponte da Boga Albariño (2015)

Sobre suelos de pizarra a una cota superior a los 500 metros, fermentado y criado en acero y madera sobre lías, expresa la singularidad del Albariño cultivado en Ribeira Sacra.
Comportillo Rosado (2015)

Según la guía de los supervinos 2018, se trata de una opción económica y más que recomendable. Sírvalo en una reunión familiar, o con amigos, y póngales a prueba: nadie adivinará que le ha costado tan solo 1,89 euros, unos dos dólares.


Avañate (2011)

Una nota de cata de Pedro Ballesteros Torres, único Máster of Wine español, elegida al azar. Con este vino el reto es percibir todas las notas de sabor antes de que se acabe la botella.

“Vino de color vivo y aroma intenso, muy joven y marcado por la crianza en roble francés, hay que dejarlo respirar en la copa para que muestre su esencia de tempranillo de clima frío: fresco y poderoso, de grano fino y fruto expresivo, paso suave y final parsimonioso. Se bebe con gusto ahora, pero será todavía mejor en cinco años. Un arquetipo del buen ribera burgalés, más nervioso y mineral que sus primos de Valladolid, construido sobre la elegancia y de gran capacidad para mejorarse con los años.“

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