El gigante irlandés que medía 2,3 metros de altura y quiso ser sepultado en el mar


La macabra razón por la que un “gigante” del siglo XVIII quería ser sepultado en el fondo del mar

Vivió en una época en la que ser muy distinto lo hacía valioso, para bien y para mal.
En junio de 1873, Charles Byrne, presintiendo su fin, le pidió a sus amigos que lo sepultaran en el mar en un ataúd recubierto de plomo.

Tenía 22 años, había sido famoso pero cayó en desgracia y lo único que le quedaba era desesperanza y un profundo terror a lo que le pudiera suceder después de muerto.

Temía que los resurreccionistas —bandas de criminales que se ganaban la vida desenterrando cadáveres y vendiéndoselos a escuelas de medicina o a científicos— se apoderaran de sus restos.

Y sus temores no eran infundados.

Byrne, más conocido como “El gigante irlandés”, medía 2,3 metros de altura, en una época en la que ser muy distinto te hacía valioso tanto vivo como muerto.
Sus contemporáneos pagaban generosamente la oportunidad de observar boquiabiertos todo tipo de criaturas maravillosas —como animales con más cabezas o patas de las necesarias—, así como personas afligidas por condiciones raras: mujeres barbudas, enanos y gigantes.

Y para los hombres de ciencia, un cadáver como el de Byrne era de gran interés para la investigación.

Es por eso que Byrne pensó que únicamente estaría seguro si yacía en el fondo del océano.

Los cadáveres más preciados eran de mujeres embarazadas y personas con condiciones extrañas. En este dibujo de T. Rowlandson de 1775, dos hombres están metiendo un cuerpo que acaban de desenterrar en una bolsa mientras que la Muerte agarra a uno de los ladrones.
22 años antes
Byrne había nacido en 1761 en Drummullan, una aldea que hoy tiene 175 habitantes y queda en Irlanda del Norte.

Poco se sabe de sus padres, más allá de que no eran extraordinariamente altos.

Se decía que había sido concebido sobre un almiar de heno y que esa era la razón de su gran altura.

Y esa gran altura, en un lugar y un tiempo en el que las leyendas eran realidad, era bien vista.

En el folclor irlandés los gigantes son imaginados como seres que habitan la frontera entre lo humano y lo sobrenatural.

A ellos se les debe ciertos aspectos del paisaje —cuevas, lomas y valles—, entre ellos varios en o cerca del histórico Condado Tyrone, donde creció Byrne.

La calzada de los gigantes es una de las bellezas naturales que los gigantes hicieron en Irlanda.
De niño, seguramente escuchó sobre cómo La calzada de los gigantes se formó cuando el mítico guerrero Finn Mac Cool —que no siempre era un gigante pero en este caso sí— estaba peleando contra otro gigante de Escocia.

Cansado de gritar de costa a costa, Mac Cool puso rocas en el mar e hizo la calzada, pero, cuando llegó a Escocia, se dio cuenta de que el gigante de allá era mucho más grande que él, y se devolvió corriendo.

Su esposa lo salvó, disfrazándolo de bebé, de manera que cuando el gigante escocés lo vio pensó que si ese era su hijo, su padre debía ser enorme, y huyó.

Mac Cool tomó un puñado de tierra para tirarlo contra el gigante escocés pero no lo alcanzó: el terruño cayó en el mar y formó la isla de Man y el hueco que dejó al quitar la tierra se llenó de agua y se convirtió en el lago más grande de Irlanda: el lago Neagh.

En ese entonces, para el común de la gente, eso era historia.

“El gigante irlandés”
Rumores empezaron a correr por el condado de que había un niño que crecía más que ninguno. Cuando llegó a la adolescencia era la persona más alta de la región.

“Charles Byrne, un gigante, George Cranstoun, un enano, y tres otros hombres de tamaño normal”, es la descripción de este grabado de J. Kay, 1794.
Byrne alcanzó 2,31 metros de altura.

Hordas de gente de toda la provincia iban a verlo mientras que él soñaba con amasar una fortuna con un espectáculo que lo hiciera famoso en toda Europa.

Así que en 1782, con el alias de “El gigante irlandés”, arribó a un mundo totalmente distinto al que había dejado atrás: Londres.

La noticia de la llegada del hombre más alto que hubiera pisado la capital británica jamás se regó rápidamente.

Se contaba que prendía su pipa con el fuego de los faroles de las calles. Y el diario Morning Herald anunció:

24 de abril, 1782

EL GIGANTE IRLANDÉS. Véanlo, todos los días de esta semana, en su elegante y grande salón (…) el señor Byrne, el sorprendente Gigante Irlandés, quizás el hombre más alto del mundo, con una altura de 2,31 metros en perfecta proporción y con sólo 21 años de edad, no estará mucho tiempo en Londres, pues planea viajar al continente.

Cuando empezó a exhibirse, el precio del tiquete era alto, pues el suyo era un show concebido para la clase media y los ricos, que efectivamente acudían a verlo en su apartamento.

El chico de un pueblo perdido irlandés se convirtió en una de las celebridades más grandes de Londres.

La razón de su grandeza
No obstante, la fama es una amiga veleidosa y la razón por la que la había conseguido no era mágica como los gigantes de las leyendas: era una enfermedad.

Mano normal (izquierda) al lado de una de alguien que sufre de acromegalia (derecha). Este es un trastorno en el cual hay un crecimiento descontrolado, lo que lleva a cambios en las características y la ampliación de las manos y los pies.
Hoy en día, reconoceríamos el gigantismo de Byrne como causado por un tumor en la glándula pituitaria, la glándula endocrina que secreta muchas hormonas esenciales, incluidas las del crecimiento.

Dependiendo de la edad del paciente al inicio del tumor, se desarrolla gigantismo o acromegalia (en adultos).

Debido a que mantener un cuerpo grande y pesado plantea demandas anormales tanto en los huesos como en el corazón, el gigantismo provoca múltiples problemas de salud que involucran el sistema circulatorio o esquelético.

La acromegalia es una afección rara, insidiosa y potencialmente mortal para la cual existe tratamiento que, cuando exitoso, le da una expectativa de vida al paciente igual a la de la población normal.

El gigante escocés
John Hunter no sabía eso.

Lo que Hunter sabía era que Byrne era excepcional. También sabía que los gigantes morían jóvenes.

Hunter era el gigante escocés: un eminente científico, hoy reconocido como el padre de la cirugía moderna, con una brillante reputación gracias a sus conferencias y sus aptitudes como médico.

Hunter era, y sigue siendo, un gigante en el campo de la medicina.
Quería a toda costa el cuerpo de Byrne, así que le ofreció comprárselo. Pero no hizo más que asustarlo.

Los londinenses del siglo XVIII consideraban la disección como una marca de infamia.

Además, para Byrne, la oferta de tan reputado médico fue una indicación de que la muerte estaba cerca.

Lejos de su hogar, asustado, adolorido por su condición y debilitado por la tuberculosis, Byrne se refugió en el alcohol.

En abril de 1783, se quedó dormido en una calle londinense con todos sus ahorros en el bolsillo. Cuando despertó, habían desaparecido. El joven gigante se hundió en la desesperación.

El domingo 1 de junio de ese año murió. Miles acudieron a su velorio.

En el camino desde Londres a Margate, donde podría yacer bajo las olas del mar, como lo había deseado, su cuerpo fue sacado del ataúd y reemplazado con piedras.

Lejos del mar
Muchos dicen que fue el mismo Hunter quien pagó para que robaran el cuerpo de Byrne. Que al recibirlo en su laboratorio lo metió en una enorme caldera y lo hirvió durante 24 horas para separar la carne de los huesos. Que luego ensambló el esqueleto y lo amarró para que se mantuviera como cuando el gigante vivía.

Lo que quedó de Byrne pasó desde hace siglos a formar parte de la colección privada de Hunter.
Lo cierto es que unos años más tarde el esqueleto apareció en la colección privada de Hunter, y ha permanecido expuesto durante dos siglos
en el Museo Hunteriano, que después pasó a manos del Real Colegio de Cirujanos.

Hasta la fecha, el museo ha rechazado las peticiones para que retiren los restos de Byrne de la exposición y se cumplan sus deseos expresos, alegando que tiene “un valor educativo e investigativo importante”.

Han citado, por ejemplo, el caso de una investigación conducida por la endocrinóloga Márta Korbonits sobre una forma hereditaria de tumor pituitario llamada adenoma pituitario aislado familiar.

Korbonits había encontrado una familia con varios miembros afectados en la historia reciente que procedían del mismo condado de Irlanda que Byrne y se preguntó si estaban vinculados.

Con exámenes de ADN de los dientes del “gigante irlandés”, comprobó que tanto Byrne como los pacientes actuales heredaron su variante genética del mismo ancestro común y que esta mutación tiene alrededor de 1.500 años.

La investigación abrió la posibilidad rastrear a los portadores de ese gen —que se calcula son entre 200 y 300— y tratarlos antes de que se conviertan en gigantes.

El Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra examinará la cuestión de los restos de Byrne durante los tres años que el museo estará cerrado.
No obstante, activistas alegan que incluso cuando alguien dona su cuerpo para la investigación médica, no espera que lo exhiban como un objeto curioso.

Además, subrayan que Charles Byrne aclaró explícitamente que no deseaba que usaran sus restos bajo ninguna circunstancia y enfatizan que ese deseo tiene que ser honrado.

Y finalmente quizás suceda.

El Museo Hunteriano recientemente cerró sus puertas para una restauración que durará 3 años, tiempo durante el cual —señaló el vocero del Real Colegio de Cirujanos—”el esqueleto de Charles Byrne no estará exhibido”.

“La Junta de Fideicomisarios de la Colección Hunteriana discutirá el asunto (de la repatriación de los restos) durante el período de cierre del museo”.

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