Vargas Llosa cierra viejas heridas sobre García Márquez

Vargas Llosa rompe el silencio sobre García Márquez
El Nobel peruano conversa en la Complutense sobre los años felices con su amigo
Ambos truncaron su relación en 1976 tras un enfrentamiento

Dos amigos, dos colegas, dos talentos… Y un golpe que tumbó todo aquello. Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez se conocieron en los años sesenta y fueron vecinos de la Barcelona de entonces. Forjaron lazos familiares y literarios. Con Carmen Balcells, su agente común, amiga, madrina… catapultaron a la generación de literatura en español más brillante del siglo XX. Pero aquella amistad se truncó para siempre en 1976, y el Nobel peruano no había hablado largo y tendido sobre su colega colombiano hasta ayer. ¿Se volvieron a ver tras la ruptura?, le preguntaron
ayer. “No… pero entramos en terrenos peligrosos. Es hora de poner fin a esta conversación”.


La conversación había empezado en San Lorenzo de El Escorial, en un curso de verano la Universidad Complutense que conmemoraba los 50 años de la obra más famosa de García Márquez. Vargas Llosa rompía su silencio de décadas sobre Gabo: “Cien años de soledad me entusiasmó, es un libro que quedará; pero El otoño del patriarca me decepcionó. Parecía Gabriel García Márquez parodiándose a sí mismo”, dijo ayer. ¿Cómo recibió la noticia de su muerte?, le preguntó el director del curso, Carlos Granés. “Con pena. Como la de Cortázar o la de Carlos Fuentes. No solo eran grandes escritores sino grandes amigos. Descubrir que uno es el último de una generación es algo triste”.

Vargas Llosa, Carlos Fuentes y García Márquez
El de ayer iba a ser un acto al aire libre, pero la tormenta obligó a refugiar el acto en un aula del monasterio. Allí, Granés entrevistó a Vargas Llosa cargado de responsabilidad. Nada más empezar, advirtió que parecía que le habían encargado el trabajo sucio, pero el peruano, que entró en medio de un aplauso lo dispuso todo para ser elegante y centrarse en los años felices con su amigo García Márquez. Una alianza hecha añicos por un incidente que hizo temblar el boom literario y abrió una sima entre los dos ejes más importantes del movimiento.

Ocurrió en México D. F. Mario andaba en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes cuando García Márquez se acercó a saludarlo. Con una mera explicación a la que después no ha seguido más que un silencio de cuatro décadas, el escritor colombiano recibió un puñetazo en la cara. Tan sólo le dijo: “¡Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!”. Hubo testigos, revuelo y aspavientos aquel 12 de febrero de 1976. Ambos acudieron al estreno de Supervivientes de los Andes. El mandoble rompía una férrea amistad de tiempo, exilios, alianzas personales y veladas literarias. Abría un abismo entre los dos premios Nobel. Ya nada fue igual… ¿Qué había pasado?


Mario vivía una de sus crisis de pareja con su mujer de entonces, Patricia Llosa. Ella encontró amigo y confidente en Gaboy Mercedes Barcha, la mujer de este. Hubo, quizás, malos entendidos que llevaron a los celos. Y de ahí, la posible y deseada reconciliación entró en barrena. Y la mala relación se fue enquistando entre posiciones políticas en las antípodas y una alimentada rivalidad. Ayer, el peruano señaló que cuando se conocieron, Gabo era “menos entusiasta con la revolución cubana” que él.

Muchos buscaron el abrazo de la paz. “Sobre todo su agente, que era mucho más que eso. Carmen Balcells se había convertido para los dos en una especie de madre común, la mamá grande, la llamaban. Y lo pasó muy mal. Es que aquello fue un divorcio en toda regla. Con amigos que se ponen de un lado y otro de la pareja”, comenta Ángel Esteban, autor junto a Ana Gallego del libro De Gabo a Mario (Espasa).

Octavio Paz y el Gabo

“Quien mejor ha contado el episodio”, comenta Esteban, “es Xavi Ayén en Aquellos años del boom (RBA). Nadie ha refutado esa versión que ofrece todo lujo de detalles”. Ayén describe la escena. También los prolegómenos y sus consecuencias en dicho volumen, de más de 800 páginas que recibió en 2013 el Premio Gaziel de biografía. En el capítulo Historia de un fraticidio, ya avisa lo que Vargas Llosa contesta cuando le preguntan qué pasó: “Bueno, eso vamos a dejárselo a los historiadores”. Es la misma respuesta que el escritor le ha dado a Esteban y a otros tantos. “Jamás, ni él, ni García Márquez volvieron a hablar del asunto. Lo que no sé es si estuvieron después en contacto o no”.

Públicamente, lo más parecido a una reconciliación, fue lo que ocurrió al aparecer la edición definitiva de Cien años de soledad por parte de la Real Academia Española. Ahí, Vargas Llosa dio permiso para que se publicara en el prólogo Cien años de soledad, realidad total, novela total. Ya antes había escrito sobre su amigo en Historia de un deicidio. “No sé si es que lo presionaron, pero aquello se interpretó como un gesto de acercamiento”, agrega Ángel Esteban.

Las coincidencias persisten. Un nuevo gesto fue la charla que con la participación de la cátedra Vargas Llosa tuvo lugar ayer en San Lorenzo de El Escorial. “Con los años, creo que Mario va sintiendo la necesidad cerrar heridas”, afirma Esteban. Otro curso sobre García Márquez se ha celebrado esta semana también en la Universidad Rey Juan Carlos, de Madrid. Las teorías se afianzan, los testimonios y los testigos han ayudado a reconstruir aquella crucial relación. Entre ellos pervivió un respeto profundo por la obra común pero ante el conflicto aún Vargas Llosa guarda silencio.

Del revuelo que se formó tras el altercado en México, queda una anécdota. La escritora y amiga de ambos, Elena Poniatowska, al ver a Gabo en el suelo, se asustó pero quedó impresionada por el remango de Mercedes Barcha. “Elenita, hay que ser prácticos”. Y se marchó a por algo frío para quitarle la hinchazón. Cruzó al restaurante de enfrente, el Hamburger Heaven, para aliviarle el ojo y la mejilla izquierda a causa del KO. En vez de hielo, se presentó con una chuleta fresca y se lo aplicó en la cara. “Luego”, le contó Poniatowska a Ayén, “se lo llevaron en un volchito”, es decir, un Volkswagen. Y en ese rumbo incierto del escarabajo se perdió un trozo de la amistad que había forjado el boom para siempre.

UNA NOVELA A CUATRO MANOS
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Mario Vargas Llosa dedicó dos años a estudiar la obra del autor de Cien años de soledad. El resultado fue Gabriel García Márquez: Historia de un deicidio, un libro que primero presentó como tesis doctoral -dirigida por Alonso Zamora Vicente- en la Universidad Complutense de Madrid en junio de 1971 y que meses más tarde publicó Carlos Barral, que llegó a colocar en las librerías 20.000 ejemplares. La coincidencia en la misma cubierta de los nombres de los dos gigantes del boom llevó a muchos lectores a pensar, bromeaba el editor, que se trataba de una novela escrita a cuatro manos. No era tal, pero la idea no andaba muy errada: en 1967, el mismo año en que se conocieron personalmente después de una intensa correspondencia, García Márquez propuso a Vargas Llosa que escribieran juntos una novela sobre la guerra colombiano-peruana de 1932.

“¡Viva Colombia, abajo el Perú!” era el grito con el que rompía filas a diario durante su infancia el Gabo escolar. El Gabo maduro, sin embargo, animó a su amigo a que cada uno investigara -“con la tranquila objetividad de un reportaje”- la parte bélica de sus respectivos países antes de ponerse manos a la obra. “La posibilidad de dinamitar la patriotería convencional es sencillamente estupenda”, le escribió en abril del 67. Cuatro meses después se estrechaban la mano por primera vez en Venezuela. De allí viajaron a Lima para participar en un coloquio en la universidad -una de
las pocas conversaciones públicas de ambos escritores- y para bautizar al segundo hijo de Vargas Llosa, Gonzalo, que tuvo como padrinos a Gabriel García Márquez y a su esposa, Mercedes Barcha. Poco tiempo después el novelista peruano y su familia se instalarían en Barcelona, no lejos de donde ya vivía el colombiano. Hasta su sonada ruptura en 1976, fueron uña y carne, pero nunca llegaron a escribir aquella novela guerrera. Hoy sería una rareza firmada por dos premios Nobel. Gabriel García Márquez lo recibió en 1982. Mario Vargas Llosa, en 2010. Historia de un deicidio solo volvió a publicarse en 2006 y como parte de las obras completas del autor peruano, que nunca hasta entonces había autorizado su reedición.

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