Tom Wolfe y el nuevo periodismo

Gay Talese, a la izquierda, y Tom Wolfe en Nueva York en 2017.

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En los sesenta el reportaje fue transformado por un grupo de heterodoxos cronistas. ¿Qué ha quedado?

Las columnas de opinión llegaron a la prensa estadounidense en los años treinta y el periodismo de reporteros infiltrados un par de décadas antes, pero fue en los sesenta cuando la revolución cultural que sacudía el país empezó a ser narrada con el mismo descaro e irreverencia hacia las convenciones que mostraban las nuevas generaciones en las calles.
Sonaban las guitarras, se calentaban las protestas estudiantiles, el olor a marihuana y el ácido lisérgico se iban expandiendo, llegaba la píldora anticonceptiva, y un puñado de revistas
recogían en sus páginas largas historias que rompían con la aséptica fórmu­la periodística que había marcado el tono hasta entonces. La no ficción conquistaba un espacio en el podio de las letras estadounidenses y el papel cuché de revistas como Rolling Stone y Esquire le hablaba de tú a tú a la novela. Además, partían con ventaja: sus historias eran reales.

El estilo del variopinto grupo de cronistas que reventaron el reportaje tradicional fue bautizado, explicado y antologado en 1973 por uno de ellos, Tom Wolfe, en el libro El nuevo periodismo. En lugar de usar declaraciones cortas se recogían diálogos completos; las historias avanzaban escena a escena, casi como en una película; se incluían varios puntos de vista; y se prestaba atención a detalles del comportamiento y apariencia de los personajes que retrataban su estatus. Armado con el potente arsenal narrativo de las novelas y el irresistible tirón de los hechos reales, el nuevo
periodismo causó furor en un momento en el que las cuentas del negocio de la prensa eran boyantes. El objetivo, según Wolfe, era “excitar emocional e intelectualmente al lector”, y el reportero de pluma afilada, que siempre consideró que molestar era parte de su trabajo, no escatimó ingeniosas observaciones para lograrlo. El veterano editor de The Nation, Victor Navasky, resume por correo en una frase el legado de Wolfe: “No tengas miedo de escribir / decir lo que piensas y ponte un traje blanco”.

Tras la noticia del fallecimiento de Wolfe el pasado 15 de mayo y los nostálgicos obituarios, surge la pregunta de qué queda hoy del nuevo periodismo. “El término siempre ha tenido una definición confusa porque incluyó a escritores muy distintos”, advierte en conversación telefónica Alexander Stille, cronista y catedrático en la escuela de periodismo de la Universidad de Columbia. “A grandes rasgos podría decirse que supuso la irrupción de la subjetividad en los artículos periodísticos. En la era de los blogs, ese punto de vista personal es la norma. Hoy, simplemente contar los hechos no basta”. Stille, sin embargo, recalca una importante diferencia que separa las historias periodísticas del presente, de los heterodoxos reportajes de Wolfe y compañía: los autores de aquellos trabajos invertían mucho tiempo y esfuerzo, escribían con sumo cuidado y recibían generosas pagas. “Las revistas generaban grandes ingresos y pagaban muy bien, y esto permitió esa explosión de creatividad formal, no había frenos”, apunta.
“Hoy, la situación es distinta. Además, el auge de la subjetividad ha llevado a algunos a pensar que sólo cuentan las opiniones, y dejan los hechos de lado, pero el nuevo periodismo era algo distinto de la subjetividad extrema”. Quizá la vertiente más fértil de aquella rompedora subjetividad se encuentra en la actualidad en los ensayos de Leslie Jamison, Meghan Daum o Ariel Levy, herederas de Joan Didion, la gran dama del nuevo periodismo.

Volviendo al descaro y a la provocación de los reporteros que acometieron la revolución impresa de los sesenta (Wolfe los definió como “una horda de visigodos”), todo aquello parece haber tomado en la era de Trump un tono agrio en manos de generaciones posteriores: ahí están los blogueros de medios de la recalcitrante derecha estadounidense, como Lucian Wintrich troleando a
sus compañeros en la sala de prensa de la Casa Blanca. “Hay una diferencia clara entre el nuevo periodismo y las fake news, los viejos cronistas eran reporteros meticulosos que no se tomaban ninguna libertad con los hechos. Wolfe era un ácido provocador, pero no trataba de favorecer unos determinados intereses políticos. Él se veía más en línea con la tradición de Jonathan Swift o Mark Twain. Y la vertiente más política, por ejemplo el trabajo de Michael Herr, lo que trataba era de destapar aquello que se le ocultaba al público”, señala por teléfono Marc Weingarten, autor de La banda que escribía torcido, una historia del nuevo periodismo.

El descaro y la provocación de los reporteros de los sesenta ha tomado un tono agrio en la era Trump

La apuesta del nuevo periodismo por enganchar y entretener a los lectores y sus nuevas formas de acometer el reportaje llevan a Wein­garten a hablar de “paraperiodismo” en su libro. Esa fórmula que sumaba buenas dosis de entretenimiento e historias singulares a la información seca tuvo un potente tirón, ¿antecedente indirecto de la actual fiebre por el clic en la era digital? “No lo creo. El problema hoy son las redes sociales, el sistema de distribución que permite diseminar mentiras sin filtro, aunque EE UU cuenta también en el plano mediático con un sistema de contrapesos, y ahí están los medios liberales que defienden la calidad. Lo que está claro es que el periodismo no nos va a salvar. Trump parece inmune a la verdad”.

Lo cierto es que el actual presidente de EE UU parece sacado de una novela de Wolfe —”lo que ocurre es como una Hoguera de las vanidades desatada y fuera de control”, comenta Stille—. Es más, el magnate neoyorquino y estrella de la telerrealidad que ocupa la Casa Blanca se ha apropiado de una de las marcas más características del estilo de Wolfe. Su prosa hiperbólica y los muchos (MUCHOS, MUCHOS) signos de puntuación con los que retorcía la prosa y creaba muecas, e irónicos giros han cobrado un cariz francamente distinto en el chorro de tuits del presidente. Se acabó la farsa y la ironía. “Ya en los años sesenta Philip ­Roth decía que el gran dilema para un novelista era cómo competir con la realidad. ¡Imagina ahora con la demencia de la Casa Blanca!.

Cada día encuentras una ficción
potentísima en las páginas de The New York Times”, dice Robert S. Boynton, director del programa de reportaje literario de la Universidad de Nueva York y autor de New New Journalism (el nuevo nuevo periodismo). En esa antología publicada en 2005, Boynton rastrea la herencia de aquellos reporteros, y señala, entre otros, los trabajos de Lawrence Wright o Adrian Nicole
LeBlanc. Si Wolfe, Talese y los demás estaban más preocupados “por el estilo que por la política; por el placer que por el poder; y por el estatus que por la clase”, la generación siguiente incorporó una conciencia social y reivindicativa a sus reportajes.

¿Y hoy? “El mejor periodismo literario se escucha en los podcasts”, responde Boynton. Stille se muestra de acuerdo y cita las palabras del creador del programa de reportajes radiofónicos This American Life, Ira Glass, en el discurso que pronunció en la ceremonia de graduación de la Universidad de Columbia: “No tengáis miedo de aparecer en la historia”.

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