Sangre de actriz

Keira Knightley tiene un punto macarra que rompe con la teórica elegancia del lugar y el ambiente elegido para la entrevista. La luz plateada de un día encapotado en París se filtra a través de los ventanales de un edificio de techos infinitos y suelos de parqué pulido, ubicado en uno de los costados de la Place de Vendôme, donde se concentran las joyerías más exclusivas de la ciudad, y le golpea a la actriz sutilmente en las pupilas castañas. Lleva en los párpados una pincelada violeta. Se incorpora y tuerce el morro y muestra unos colmillos bastante afilados y levanta el dedo índice de su mano derecha y grita: “¡Fuck off!”. En este momento de su narración, el realizador Joe Wright le acaba de dar el papel de Elizabeth Bennet en Orgullo y prejuicio (2005), la película que, probablemente, echando la vista atrás, cambió el rumbo de su carrera. Hasta entonces, para lo bueno y lo malo, Knightley era el rostro juvenil de Piratas del Caribe; sinónimo de taquillazo comercial para los productores de la industria cinematográfica (la película había recaudado casi quinientos millones de euros en todo el mundo) y motivo por el cual Wright, entre otros directores, se resistía a trabajar con ella. Pero quienes manejan el dinero le obligaron a quedar con ella.

La primera cita tuvo lugar en Montreal (Canadá). Keira Knightley se encontraba allí rodando y tenía que madrugar al día siguiente. Sabía que el cineasta no la quería para el papel. Él llegó en un vuelo con cuatro horas de retraso, de malas pulgas, a regañadientes. Tal y como lo recuerda Knightley: “Nos sentamos el uno delante del otro; fuimos bordes y desagradables. Los dos nos marchamos de allí diciendo: no me gusta”. Los productores insistieron, y también los agentes de la actriz. Wright y Knightley accedieron a verse de nuevo al cabo de unas semanas en Londres. “En esta segunda cita yo fui un desastre y él se dio cuenta de que realmente era así, desastrosa, y no la típica remilgada. Pensó: puedo trabajar con ella. Y recuerdo que cuando ya me iba, me gritó: ‘¡Súbete esos pantalones!’. Los llevaba caídos, a la moda. Me giré y le dije: ‘¡Que te jodan!”.

Y así es como Knightley, vestida ahora de pies a cabeza de Chanel, con un sobrio cuello vuelto, una falda de tweed y botas con tacón ligero, cuenta cómo su carrera se ató a la de Wright, un tándem creativo que ha dado otras dos películas (Expiación y Anna Karenina) y que se encuentra entre los motivos de la entrevista: Wright ha dirigido el nuevo spot publicitario del perfume Coco Mademoiselle, protagonizado por la actriz, y cuyo lanzamiento en Internet está previsto para el 21 de marzo. Knightley es rostro de esta fragancia desde 2007, y Wright ha filmado los tres anuncios que desde entonces ha protagonizado para la casa, una trilogía en la que la actriz siempre parece estar escapando. Con aquel “¡fuck off!” que resuena aún en las oficinas de la marca en París, ­Knightley logró sacudirse el polvo de los Piratas y convertirse en una de las intérpretes más jóvenes en pelear por un Oscar. Tenía 20 años.

Pero se podría decir que Knightley nació actriz. A menudo se ha contado que a la temprana edad de tres años reclamó a sus padres un representante. Se ha contado menos que su madre, Sharman McDonald, una intérprete de origen escocés, con miedo insuperable al escenario y ambición de escritora, hizo a principios de los ochenta un pacto con su marido, el también actor Will Knightley: si ella conseguía vender su primera obra de teatro, podrían permitirse tener otro bebé. Escribió una tragicomedia sobre el reencuentro durante unas vacaciones de una madre con su hija. La envió con seudónimo al teatro Bush de Londres, donde la leyó un tipo llamado Alan Rickman, encargado en esa época de cribar entre el montón de originales de autores desconocidos. Entusiasmado, recomendó a los responsables del teatro que la representaran. La obra, titulada Cuando era una niña solía chillar y gritar, se estrenó en 1984. Un año después nació Keira Knightley, segundo vástago del matrimonio. Y McDonald, que no suele hablar con la prensa, y menos aún a raíz de la fama de su hija, reflexionaba en 2005 sobre su debut como autora teatral en una entrevista publicada en el diario londinense The Guardian: “Me dio una carrera, me dio una casa, y sobre todo me dio a mi hija. Nos permitió vivir”.

Pueden amarte u odiarte. Pero no hay nada que puedas hacer. Es parte del juego. Tienes que fiarte de tu instinto y de los directores que respetan tu trabajo

En su primer recuerdo, Keira Knightley ve a su madre lavando la ropa en la bañera de la pequeña vivienda británica en la que nació. La luz penetra por la ventana. El suelo es de corcho. Dice que parece una fotografía. Otro recuerdo grabado en la memoria de su infancia es el aroma del teatro. “Un olor muy específico; es curioso, siempre es el mismo. Por la profesión de mis padres crecí entre bastidores”. La llevaron por primera vez a una representación cuando tenía “dos o tres años”. Y en casa, según recuerda, las discusiones siempre giraban en torno a “libros, pelícu­las, música, teatro”. Obviamente le gustaba: “Si no, me hubiera rebelado. Creo que hay algo increíblemente poderoso cuando ves a la gente crear. Y mi madre y mi padre eran personas muy comprometidas. Estaban metidos en teatro político. Así que no solo se trataba del poder de la creación. Tenían la convicción, ellos y sus amigos, de que podían cambiar el mundo. Y eso también es muy poderoso. Coloca el drama, el teatro y las películas en un pedestal bastante elevado. Yo aún creo en ello. La cultura es importante. Aunque puede ser solo entretenimiento. Pero, en la historia, los artistas han estado en la vanguardia del cambio social y del inconformismo”.

En ese entorno, no resulta extraño que Knightley viera a los ocho años Mucho ruido y pocas nueces, la adaptación de Kenneth Branagh de la comedia de William Shakespeare, con Emma Thompson de protagonista, y que se obsesionara con ambas, con Thompson y con la película. Gastó la cinta de VHS de tanto verla. Y la reputada actriz británica, que era amiga de su madre, se convirtió en el espejo que solían usar en casa para que la pequeña, con problemas de dislexia, se esforzara y superase sus dificultades de lectura y escritura. Años más tarde, Emma Thompson acabaría interpretando El invitado de invierno, un drama cinematográfico escrito por Sharman McDonald; y poco después, Knightley, convertida en una superestrella, prestaría su rostro para una campaña de la Asociación Británica de Dislexia.

Keira creció en Eddington (Middlesex), una localidad a las afueras de Londres. Ella y su hermano mayor, Caleb, solían pasar muchas tardes en Heatham House, una mansión de la zona reconvertida en un centro público juvenil con múltiples actividades para chavales. Uno de los voluntarios de la casa dice que aún cuelgan fotos de ella en las paredes. Con 14 años, por ejemplo, cuando Knightley ya había aparecido fugazmente en cuatro o cinco series y películas para televisión, protagonizó una obra del grupo de teatro del centro, After Juliet, escrita por su madre, y seleccionada para una competición regional de obras juveniles. El montaje se sigue representando de vez en cuando en Reino Unido.

Más o menos por entonces, y dado su notable parecido con Natalie Portman, fue la elegida para interpretar a una de las sirvientas de la princesa Padme en Star Wars: Episodio I. La amenaza fantasma. Fue su primera incursión en Hollywood. Poco después protagonizó el telefilme de Disney La princesa de Sherwood. El actor Roger Ashton-Griffiths (Gangs of New York, Juego de tronos) coincidió en aquel rodaje en Rumanía con ella y con su madre, que solía acompañarla hasta que se hizo mayor de edad. Destaca una cualidad de la actriz: “Tenía 15 años y una increíble personalidad magnética”. A la vuelta de aquel viaje, Ashton-Griffiths dirigió un corto experimental titulado Deflation. Keira aparece brevemente en él haciendo footing y se encargó de manejar la cámara. Su hermano Caleb compuso la banda sonora. La madre hizo de ayudante de dirección. “Eran una familia muy corriente”, según Ashton-Grif­­­­­fiths. “Disfrutaban con cosas sencillas”.

Aún no había tocado el cielo de la fama. Pero había comenzado a andar ese camino cuando se presentó al casting de The hole, una película británica de terror adolescente. El director del largometraje, Nick Hamm, 15 años después de aquello, aún recuerda su aparición en la sala donde se realizó la prueba: “Atrapó la cámara. Era preciosa. Alguien especial. Iluminaba. Tenía una presencia extraordinaria”. Aunque no era la protagonista, con el estreno de aquella cinta, Knightley se vio por primera vez a sí misma en un cartel promocional en el metro. Hoy dice que ha aprendido a convivir con ello. Sabe que anda por ahí suelta, en todas partes, a menudo decorando la ciudad y las portadas de las revistas, pero hay algo en su cabeza que logra eliminarla del mobiliario urbano. Porque hubo un momento en que todo “explotó”. Esas son las palabras que emplea. Una progresión que comenzó justo después de The hole, con su papel de futbolista en Quiero ser como Beckham (2002). Y fue escalando peldaños durante tres años, hasta que la situación se volvió insostenible.

Keira era ambiciosa. Quería llegar lejos. Y de alguna forma, el accidente de ‘Los piratas…’ lo permitió. Pero también le hizo daño, según John Maybury

En sus palabras: “Beckham fue un gran éxito, pero solo en Europa. Y de pronto, llegó Piratas del Caribe y fue inmenso. ¡Bum! Sucedió de la noche a la mañana. Piratas del Caribe, después Love actually y a continuación El rey Arturo. Y aquello coincidió con un momento en el que la cultura de la celebridad estalló. Las compañías se dieron cuenta de todo el dinero que podían hacer con fotos de chicas jóvenes. Más y más personas intentaban llevarse un pedacito del pastel. Y eso se traducía en que yo podía tener a 20 tipos siguiéndome todo el rato. Esa foto, si te caes o si la jodes o si te emborrachas, podría valer una fortuna”. Su familia se replegó. “Se pusieron en modo de protección; todo se volvió un poco desquiciado”.

En 2007, la locura alcanzó su cénit, cuando la actriz demandó al Daily Mail por sugerir, con unas fotos robadas de ella en la playa, que sufría anorexia; las imágenes acompañaban la entrevista a la madre de una adolescente muerta a causa de un trastorno alimenticio. Culpaba a la actriz de ser una mala influencia. En un acuerdo prejudicial, el diario acabó reconociendo los perjuicios causados. Cara a cara, Knightley no llama la atención por su delgadez. Es flaca como su familia (o al menos eso se deduce de las fotos en que aparecen juntos). Y no demasiado alta (1,70). Da la impresión de ser alargada, una espiga coronada por un rostro cuadrado y expresivo del que sobresalen dos enormes pómulos. Concluye: “Ahora la situación es… ¿menos desquiciada?”.

El director británico John Maybury asegura que todo aquello afectó a la carrera de la actriz. Él mismo reconoce haber caído bajo el influjo del efecto Piratas cuando preparaba el casting de The jacket (2005), un thriller que se rodó cuando ella “tenía 18 años y un increíble ascenso a la fama”. Visto en perspectiva, la película de Maybury fue el primer cambio de registro de Knightley. De éxito en las salas a película con aire independiente y destinada a los círculos de culto. Aunque no estaba convencido al principio, le acabó dando el papel (y de hecho estaba tan entusiasmado que le insistió personalmente a Joe Wright para que contara con la actriz en Orgullo y prejuicio). Maybury resume así la situación: “Keira era ambiciosa. Quería llegar lejos. Y de alguna forma, el accidente de Los piratas… lo hizo posible. Porque le dio mucho crédito, pero a la vez le hizo daño”.En 2008, Maybury repitió con Knightley de protagomista en el filme En el límite del amor, inspirado en la figura del poeta Dylan Thomas, y basado en una obra de teatro de la madre de la actriz. Su compañera de reparto era Sienna Miller. Ambas se enfrentaban, y aún les pesa, al problema que el realizador denomina “ser mujer guapa, joven y con éxito” y que consiste en que “lo que se percibe de ellas a través de la prensa interfiere en su trabajo: tienen que esforzarse el doble para demostrar lo que valen”.

En 2008, Maybury repitió con Knightley de protagomista en el filme En el límite del amor, inspirado en la figura del poeta Dylan Thomas, y basado en una obra de teatro de la madre de la actriz. Su compañera de reparto era Sienna Miller. Ambas se enfrentaban, y aún les pesa, al problema que el realizador denomina “ser mujer guapa, joven y con éxito” y que consiste en que “lo que se percibe de ellas a través de la prensa interfiere en su trabajo: tienen que esforzarse el doble para demostrar lo que valen”.

El primer golpe en la mesa lo dio con The ­jacket. Luego llegó Orgullo y prejuicio que le valió el respeto de muchos (además de la ya citada candidatura de la academia estadounidense). Pero no fue un reconocimiento unánime. “Yo tenía 20 años, y resultaba muy confuso. A esa edad quieres agradar a todos. Si alguien dice que no estás bien, quieres cambiar. Cuando creces un poco, te das cuenta de que no puedes gustar a todos. Es algo natural. Respondemos ante las personas de forma distinta. Y sigues tu propio instinto. Y sé que tengo suerte, porque he tenido gente como Joe [Wright] con los que he trabajado en numerosas ocasiones, a quienes les gusta lo que hago, y eso de pronto se convierte en lo más importante. Entonces empiezas a no escuchar a nadie más. Porque pueden amarte u odiarte, pero no hay nada que puedas hacer. Es parte del juego”.

En 2007, Knightley se convirtió en la segunda actriz mejor pagada de la industria, según la revista Forbes (superada por Cameron Diaz). Tenía 22 años. Facturó aquel año más de 23 millones de euros por su papel en la tercera entrega de Piratas…, por Expiación (le valió una nominación a los Globos de Oro) y por su campaña para el perfume Coco Mademoiselle. Pero entonces, mientras rodaba La duquesa, decidió parar y tomar un respiro.

Le gusta sorprenderse a sí misma. Y al público. Eso demuestra un potencial creativo ilimitado: tiene el coraje de cambiar, dice Kenneth Branagh

“Lo necesitaba”, confiesa. Viajó por Europa. Leyó todo lo que pudo. Se reencontró con viejas amistades. “Creo que hacer películas es un modo de vida extremo. Es todo trabajo, y luego nada. No es como ir un día normal a la oficina, y luego quedas a cenar y estás con tu gente. Viajas, te vas lejos tres meses. Tus jornadas son… 12 horas como poco, quizá 15 o 18. Y si enganchas una película y otra y otra, por muy maravilloso y excitante que pueda ser, literalmente no tienes nada que te sostenga. No tienes casa, no tienes amigos. Y creo que de pronto desperté y dije, espera un minuto, necesito sentir quién soy, quién es mi gente, saber quiénes son las personas que no tienen nada que ver con el trabajo. Necesito una identidad diferenciada. Si no, te vuelves una criatura extraña, algo que la gente proyecta sobre ti o que escribe sobre ti, y que probablemente ni siquiera existe porque lo único que has hecho es trabajar”. Se tomó nueve meses. “Y desde entonces todo ha ido más…”. Y sopla sugiriendo una brisa suave. Como si su carrera llena de extremos se hubiera equilibrado.

Desde esa vuelta, ha ido combinando papeles de intensidad dramática, como el de la paciente histérica y sadomasoquista de Un método peligroso, de David Cronenberg, con películas más ligeras, tipo Jack Ryan: Operación Sombra, un thriller de acción, dirigido por su admirado Kenneth Branagh. Se estrenó a finales de enero. El cineasta británico explica en un correo electrónico que la actriz vio el papel como una “oportunidad” de interpretar algo distinto y “no un simple salto de género”. “Le gusta sorprenderse a sí misma. Y al público. Eso demuestra su potencial creativo ilimitado, porque tiene el coraje de cambiar”.

Y el de reconocer sus carencias. Knightley dejó la escuela a los 16 para entregarse a la interpretación. Alguna vez ha comentado que le duele no haber ido a la universidad. Ahora lee a todas horas, quizá para recuperar el tiempo perdido. Nunca, por ejemplo, se había enfrentado a Dickens. En París estaba a punto de acabar Historia de dos ciudades y le sacaba de quicio “esa jodida moralidad” que refleja la novela. Su madre, según contó, le había regalado las obras completas de Dickens en Navidad.

 

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