Richard Avedon y sus personajes del oeste


Boyd Fortin, trece años, Sweetwater, Texas, 10 marzo, 1979

Los héroes desconocidos del Oeste americano
Más de 30 años después, los retratos que Avedon realizó en el oeste de EE UU siguen fascinando por su frescura y atemporalidad. El Amon Carter Museum los
exhibe de nuevo.
Cuando en 1978 Richard Avedon (Nueva York, 1923- 2004) aceptó fotografiar el oeste de Estados Unidos,
por encargo del Amon Carter Museum de Fort Worth, Texas, no sabía qué esperar. Mucho menos lo sabía Mitchell Wilder, director del museo, a quien el artista le había avisado de que no haría paisajes sino retratos, y que de no convencerle, los que fueran surgiendo, abandonaría el proyecto. Solo una cosa tenía clara el fotógrafo: no iba a glorificar el Oeste. El proyecto acabaría siendo lo que hoy muchos consideran la gran obra maestra del autor: In the American West. El mito del Oeste americano quedaba trastocado para siempre.

In the American West se exhibió por primera vez en 1985. La controversia estaba servida. En la serie de retratos no aparecían ni políticos, ni banqueros, ni famosos, ni artistas. Ni rastro de la élite. Solo estaban aquellos en los que apenas posamos nuestra mirada cuando nos cruzamos con ellos por la calle: un camionero, un minero, un vendedor de madera, o la trabajadora de una fábrica de El Paso.

Billy Mudd, camionero, Alto, Texas, 7 mayo , 1981

Sin embargo, el gran tamaño de sus retratos era aquel que el arte concede a los dioses, a los monarcas, a los presidentes. Allí estaban, erigidos como héroes. Con nombres y apellidos, especificada
la fecha de su retrato. Eran la antítesis de las imágenes de los fornidos vaqueros del Oeste americano. Avedon proponía una nueva forma de mirar, tan subjetiva, al fin y al cabo, como la que habían propuesto los grandes directores de cine que mitificaron el western. “¿Se está riendo de nosotros este fotógrafo de moda de Nueva York?”, se preguntaba el público en general y parte de la crítica.

The Amon Carter Museum exhibe hasta el 2 de julio Avedon in Texas: Selections from In the American West, donde se muestran 17 de las imágenes que compusieron la exposición de 1985. “Estas grandes fotografías permanecen tan vivas, cautivadoras y desafiantes, como hace 30 años”, señala John Rohrbach, conservador jefe de fotografía del museo. “Nos hacen enfrentarnos con nuestra propia humanidad. Uno no puede salir indiferente de esta exposición”.

John Harrison, vendedor de madera, y su hija Melissa, Lewisville, Texas, 22 noviembre,1981

Cuando emprendió el proyecto, Avedon era ya un artista consagrado. Sus sofisticadas fotografías de moda, tan imaginativas como terrenales, junto con sus limpios, introspectivos y no siempre aduladores retratos de las celebridades del momento, habían ayudado a definir el estilo, la belleza y la cultura del momento. Con tan solo 33 años, Fred Astaire le había caracterizado en la película Funny Face. El fotógrafo había demostrado su habilidad para traspasar el artificio de la fama y atravesar la piel de sus modelos. Resulta muy clarificadora la anécdota de la sesión en la que debía fotografiar a los duques de Windsor. Conocedor de la pasión de estos por los perros y alerta ante los calculados poses de la pareja, ya demasiado acostumbrada a los flashes, se inventó que acababa de ser testigo de cómo su taxi atropellaba a un perro: sus semblantes se transformaron inmediatamente. “Para ser un artista o un fotógrafo, hay que alimentarse de aquello que la gente descarta”, afirma Avedon en el documental Darkness and light.

Petra Alvarado,
empleada de un fábrica, El Paso, Texas, el día de su cumpleaños, 22 abril, 1982

Acostumbrado a retratar a la gente que quería ser retratada, fotografiar a extraños era algo nuevo para el autor. Utilizaría su característico fondo blanco, aquel que descontextualizaba por completo al sujeto, y dispararía su Deardoff de gran formato. De Dallas a Montana, durante más de seis años, recorrió 13 Estados y 189 ciudades, visitó los ranchos y rodeos, pero también los mataderos, los campos de petróleo y las gasolineras. Todo ello se tradujo en 752 sesiones y 17.000 placas de película que estudiaban el rostro humano como una de las cosas más fascinantes de la tierra, indagando en su complejidad. Construyó una visión del oeste a través de “gente sorprendente- desgarradora-o bella de forma aterradora”, como diría el artista, “de una belleza que podría asustar hasta que uno se percata de que forma parte de ti mismo”.


Rita Carl, estudiante de orden público, Sweetwater, Texas, 10 de marzo, 1979
Hijo de un comerciante de ropa ruso y judío arruinado
durante la Gran Depresión, el fotógrafo conoció la adversidad. Creció en una habitación sin ventanas. Su hermana fue su primera modelo en su temprana afición por la fotografía, pero pronto fue diagnosticada de esquizofrenia. Estudió poesía y filosofía, pero abandonó la universidad para unirse a la marina mercante como fotógrafo. Fue bajo la tutela del legendario director de arte de Harper´s Bazaar Alexei Brodovich cuando su carrera comenzó a despuntar.

Siempre que pudo buscó la oportunidad de retratar a los menos favorecidos. “Entre los años cuarenta y comienzos de los sesenta, aparte de su trabajo en el campo de la moda, viajó de forma continuada a Luisiana, donde fotografió un hospital psiquiátrico, y en los cincuenta un cotillón de afroamericanos en Nueva Orleans”, recordaría Rohrbach durante una charla celebrada con motivo de la exposición. “En 1963 ofreció adiestramiento y equipamiento a fotógrafos para documentar la desobediencia civil en el sur, y cuando mataron a Kennedy salió a fotografiar las calles. En 1964 publicó Nothing personal, junto con el escritor James Baldwin, uniendo sus voces ‘con ira y frustración en contra de una América de gente que lucha por el amor y se encuentra rodeada por el racismo, el sexismo y la avaricia´”.

“Fotografiar todo lo que me asustaba, aquello a lo que no podría hacer frente sin mi cámara -la muerte de mi padre, la locura de mi hermana, las mujeres a las que no podía entender cuando era joven-, me hizo tener un cierto control de la situación”, declara el fotógrafo en Darkness and light.

Roberto Lopez, trabajador en un campo de petroleo, Lyons, Texas, 28 septiembre, 1980

Algo que Avedon siempre deja claro en sus retratos es, que era él quien tenía el control de la situación. “Lo que Avedon hizo con el retrato fue robar el fuego que siempre había sido prerrogativa de los pintores y los escultores “, Dijo: ‘esto será mío’. Cambió la relación entre el fotógrafo y su modelo establecida hasta entonces. Esta dejó de ser una colaboración. Supuso un gran salto para la fotografía, la situó como un arte tan maleable como la arcilla”, explica el crítico Owen Edwars en el mismo documental.

¿Fue Avedon justo con sus personajes del Oeste ? “Yo creo que sí”, señala Rorhbach. “Existe cierto poder y una energía en estas imágenes que nos hacen volver una y otra vez a ellas. No porque tengamos conclusiones, sino porque hay algo que nos intriga y nos hace cuestionarnos a nosotros mismos, y ver la humanidad de estas personas. Avedon diría que se encontró a sí mismo en los retratos”.

“Un retrato no es una semejanza”, señala Avedon acerca de esta serie. “En el momento en que una emoción o un hecho se transforma en una fotografía deja de ser un hecho para convertirse en una
opinión. No existe la inexactitud en la fotografía. Todas las fotografías son exactas. Ninguna es verdad”.

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