Ricardo Darín, un actor fuera de serie

 

Ricardo Darín, seductor indomable
Nació casi en un escenario. Aprendió a actuar observando la ley de la calle. Su rostro se ha convertido en el de toda
Argentina. Ricardo Darín, el hombre corriente. Un simple vecino. Héroe y villano. Ha rodado cerca de 30 películas en este
siglo. Tres de ellas aspiraron al Oscar. Y una se lo llevó. Esta es la historia de un tipo común en circunstancias
extraordinarias.

Se encuentra sentado a la mesa de su restaurante favorito en Madrid. Un argentino. “¿Qué tal, Rashid?”, saluda al encargado.
“Cada día más guapo, y con esas gafas ahora”. Las lentes de Rashid son de color naranja chillón. Pero Ricardo Darín no
pregunta por preguntar. Conoce detalles de su vida, lugar de nacimiento, dónde empezó, el día que se ganó el ascenso. Le pide
una caña. Unas empanadas y también mollejas, “para empezar”. El sol le cae al actor desde la izquierda. La ventana vierte a la
plaza de Isabel II, un hormiguero de gente. Él tiene rostro como de perro lobo. O de husky siberiano. Los ojos claros y
audaces, pero amigables; las pupilas achicadas por el chorro de luz. Un rostro ancho y asilvestrado por la cabellera y la
barba plateadas. Frunce el ceño. También sonríe. Se emociona. Deja que la conversación le lleve como quien sale a dar una
vuelta sin rumbo. “Nos fuimos de viaje”, dice cuando una cosa lleva a la otra y pierde el hilo. “Me encanta irme de viaje”.
Hablaba de las hormigas, y eso derivó en un cuento de Julio Cortázar –“Cortázar, buah, nos ponemos en pie”–, pero todo había
comenzado en otro sitio: “Yo creo que estamos medio dormidos”. Habla de la ciudadanía, “en general”. Da un trago a la cerveza.

ESTAMOS DORMIDOS E HIPERDOMESTICADOS. ¿HASTA CUÁNDO VAMOS A SEGUIR ASISTIENDO CON NATURALIDAD A LAS ABERRACIONES?”

Escucharle es como oír hablar a uno de sus personajes. Te atrapa con su voz de lija, discurre como un hombre corriente, narra
lo que ha vivido, confiesa sus contradicciones, se ilumina cuando toca su oficio. Su discurso, en ocasiones, se vuelve
político en el sentido cívico del término. El del hombre de la calle, que ha atravesado dictaduras, juntas militares, colapsos
económicos. A veces, cuando habla, parece que no fuera Darín. Y se transforma, por ejemplo, en Simón, experto en demoliciones
y explosivos al que la grúa le ha levantado el coche y no encuentra forma de reclamar, de subsanar el error, de llegar a casa
a tiempo para el cumpleaños de la hija. El arquetipo del argentino enojado, al que le falta una gota para que desborde el
vaso. Bombita, el héroe de Relatos salvajes:

–Estamos medio dormidos. Cuando uno está al tanto de los maltratos, las humillaciones, los atropellos, las postergaciones… Me
pregunto: ¿habrá sido siempre así? ¿Hasta cuándo vamos a seguir asistiendo con naturalidad a las aberraciones? ¿Cuánta gente
vamos a necesitar ver durmiendo en la calle para darnos cuenta de que algo no ha ido bien? Estamos hiperdomesticados. Llegamos
a la conclusión: “Bueeeno, esperaremos a que las cosas cambien; a que lo que nos prometen los señores de turno por las vías
correctas se modifique”. Pero no parece que vayamos en esa dirección.

Al contrario: de pronto un señor absolutamente intolerante decide en el norte que ahora se va a cagar en tantos ciudadanos. No
les ponemos cara y cuerpo a los números. Y los números son fríos. Algo se nos adormeció. Y con todos los avances tecnológicos,
en medicina, en ciencia, hay algo que me despierta curiosidad: la avidez del ser humano, sobre todo de quienes cortan el
bacalao, por encontrar lugares para vivir fuera del planeta. Como si la especie ya supiera que está haciendo mierda el hábitat
y necesita otro.

Y ahí comienza a hablar de las hormigas. A vista de pájaro, la carrera de Darín se podría medir en tiempos geológicos: tiene
60 años y lleva 58 y medio en los escenarios: sus padres, que eran actores, lo plantaron por primera vez en un plató con año y
medio. Su primer recuerdo transcurre en un estudio de radio junto a Norma Aleandro y Alfredo Alcón. Él recuerda sobre todo al
operador de sonido, cacharreando para simular tormentas, pasos, portazos. Le tocaban un brazo para que entrara. “Estaba
siempre distraído”.

El actor juega a menudo con las posibilidades descriptivas del binomio distraído/atento. Una “deformación” anclada en sus días
de gato callejero. Para entenderlo, corresponde narrar antes un episodio doméstico: sus padres se separaron cuando tenía 12
años. Era víspera de Reyes, los progenitores discutían por la falta de recursos. Las peleas se habían vuelto “absurdas y
horribles”. Su hermana y él no dormían, siempre a la expectativa.

Hasta aquel día. “Me paré frente a mi padre y le dije: ‘Creo que te tenés que separar’. Me respondió: ‘¿Estás seguro?’. Yo le
dije: ‘Sí, no seas boludo’. Fue muy contundente. Como ponerle un espejo. Cerró la puerta y se fue”. Durante mucho tiempo
arrastró la cruz de haber sido quien los empujó a separarse. También asocia la escena a otra cosa: “A poner los cojones sobre
la mesa”.

De pronto, en el restaurante, irrumpe un grupo con la algarabía de los recién llegados. Darín eleva la mirada: “¡No me lo
creo!”. Natalia Verbeke, porteña como él, embarazadísima. Le dice: “Toca, toca, que da suerte”. Y se lo lleva a saludar a la
familia. Fueron compañeros de reparto en El hijo de la novia (2001), candidata al Oscar a la mejor pelícu­­la de habla no
inglesa. La primera, porque Darín ha protagonizado tres de las siete cintas argentinas nominadas en esta categoría. Repitió (y
lo ganó) con El secreto de sus ojos (2009). Y con Relatos salvajes hace un par de años.

Cuando regresa a la mesa, pregunta por dónde iba. Hablaba de estar atento o distraído: “Cuando mis padres se separaron, me
aferré a la calle. Estaba todo el tiempo fuera. Y empecé a percibir cómo funciona: no puedes permitirte estar distraído. Has
de estar atento a todo. Tener visión periférica, 360, intentar saber qué está ocurriendo detrás de ti, no solo de frente”.
Habla de su barrio, el Once: “Es Bangkok. Un centro comercial copado por la colonia judía, ahora por la coreana y china; la
zona textil, donde se encuentran las grandes tiendas, con una enorme estación de ómnibus y ferrocarril. Y mucha movida. De
todo tipo. Había gente fantástica, trabajadores, estudiantes. Y de todo lo demás también”.

Cuando el realizador Fabián Bielinsky lo eligió para Nueve reinas (2000), le propuso visitar lugares reales para impregnarse
del ambiente y sus personajes. Darín le respondió: “Crecí en la calle, en el Once. Los conozco de memoria a todos. Puedo hacer
la descripción de cada uno de ellos. Sé cómo son. Cómo funcionan”. Héroes y villanos. Estafadores y estafados. La gente
corriente. Su rostro, al final de Nueve reinas, cuando ha empezado el corralito y el banco no le deja cobrar un cheque, podría
ser el de toda Argentina: pálido, los ojos perdidos y un hilo de sangre corriéndole desde la frente.

“TIENE CONCENTRACIÓN INSTANTÁNEA. SUELE JODER HASTA EL SEGUNDO QUE ENTRA EN EL PLANO”, SEGÚN EL DIRECTOR MARTÍN HODARA
En la película, el ayudante de dirección era Martín Hodara, que parece un cometa en la vida de Darín: vuelve cada 6, 7 o 10
años. Se conocieron en el rodaje de un anuncio en 1994. Coincidieron en Nueve reinas en 2000. Codirigieron La señal en 2007
(la única en la que el actor se ha colocado tras la cámara). Y Hodara lo dirige ahora en Nieve negra, una película a medio
camino entre la tragedia y el drama familiar, protagonizada junto a Leonardo Sbaraglia. En su tierra la han visto 680.000
espectadores, más que La La Land. Se estrena en España el 12 de abril.

Darín y Hodara son amigos gracias al triángulo con Bielinsky, fallecido en 2006. Quedan cada semana a “intercambiar
figuritas”, como dicen ellos: hablan de sus madres o sus hijos, de cine “o de pelotudeces”; toman café, se quedan en silencio
viendo un partido de tenis. A ambos les apasiona este deporte. Lo de Darín roza la fiebre. Juega aunque el bochorno azote
Buenos Aires. “Un poquitito, a pelotear”.

Cuando se conocieron, rodando aquel spot de 1994, Darín ya había hecho y sido de todo en Argentina: niño actor, doblaje en
dibujos, obras teatrales, piezas radiofónicas, parte de un fenómeno parecido a los Beatles pero en versión interpretativa
(“los galancitos”), novio de la vedette Susana Giménez, docena y media de series de televisión, un disco con orquesta del que
prefiere no hablar, bailado y cantado en musicales, y protagonizado un buen puñado de películas. Siempre, dice el actor, hubo
alguien que lo agarró de la mano, tiró de él y lo elevó al siguiente escalón. Una mezcla de talento, sudor y suerte. En
aquella publicidad aparecía el actor con su esposa, Florencia Bas, y su hijo, Ricardo Chino Darín, con cinco años. Precoz como
el padre. Era Navidad y la familia feliz promocionaba una cadena de supermercados. Él ya era un rostro popular. Pero aún no
había asomado el Darín que conocemos hoy.

Para Martín Hodara, Nueve reinas y El hijo de la novia marcan el antes y el después. “Acompañaron el boom del cine argentino a
nivel local y en el resto del mundo”. A Darín lo catapultaron al hiperespacio: desde entonces, ha rodado cerca de 30
películas. “Es como un Robert de Niro”, define el director. “Hasta cuando no te convence, siempre deja un detalle, algo
excepcional”. Hodara asegura que el método Darín es “medio extraño”: “Tiene un poder de concentración instantáneo. Siempre
está jodiendo hasta el segundo en que entra en cámara. Suele tener un conocimiento del guion de principio a fin, de todos los
personajes, una visión global de la historia. Tiene memoria de elefante”.

“CUANDO MIS PADRES SE SEPARARON, ME AFERRÉ A LA CALLE. ESTABA TODO EL TIEMPO FUERA. Y EMPECÉ A PERCIBIR CÓMO FUNCIONA”
En Nieve negra, la que acaban de rodar juntos, Darín lo detenía a veces –“Pará, pará”– y precisaba el texto de tal o cual
personaje. En ella, el actor interpreta a un tipo huraño y desgreñado, perdido en una casa en los Andes. Es quizá el papel de
su carrera que menos palabras dice por minuto. Más que hablar, muerde. “Bloqueado” y “solidificado” son dos adjetivos con los
que Darín describe a este bruto. “Me entusiasmó la oportunidad de interpretar un personaje con esa encarnadura”, dice. Lejos
de su registro habitual. Tampoco pretende abrir una brecha. Se ve cómodo donde está: “Lo mío da más para el tipo común en una
situación extraordinaria”. Los bombitas, el burlador burlado, la larga lista de abogados que figuran en su currículo.

Con la edad, también le han ido llegado nuevos papeles: En Truman (2015), de Cesc Gay, interpretó a un hombre al que un día le
anuncian un cáncer fulminante. Javier Cámara, su mejor amigo en el largometraje, solía tomarle el pelo mientras rodaban:
“Estoy en primero de Darín”. Como si fuera un maestro. “Él solo acepta la verdad en la escena”, describe Cámara. “Juega mucho.
Y no hay quien lo engañe. Te desnuda con la mirada. Tiene conectado el radar todo el tiempo. Su instrumento es un
Stradivarius. Posee un oído perfecto. Y es la persona con la que afina la orquesta. Un tipo delicioso, seductor, uno de los
mejores actores del mundo. Extraordinario y humilde, porque es consciente de que necesita a todo el equipo. Llegaba cantando
al rodaje. Y todos lo celebraban”. Cámara, que últimamente ha trabajado con elencos internacionales de primera fila en las
series Narcos y El joven Papa, explica que su colega posee aura de mito: “Todos me preguntan por Darín”.

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