Los francotiradores soviéticos que dañaron a los nazis


Vasily Zaitsev (a la izquierda) explica la situación táctica a los francotiradores recién llegados a los alrededores de Stalingrado, en diciembre de 1942.

Duelo literario de francotiradores

Los soldados más precisos han producido grandes relatos bélicos como la autobiografía de Liudmila Pavlichenko, que se traduce por primera vez, y ‘Memorias de un francotirador en Stalingrado’, de Vasili Záitsev, que se reedita ahora

La obsesión de un auténtico francotirador no sobrepasa los seis por 12 centímetros de superficie, que equivalen a una frontera física delimitada por los ojos, las orejas y la nariz. Se trata del lóbulo frontal del cerebro humano, incapaz de sobrevivir a un impacto de bala. Mientras la batalla sucede en los márgenes de su experiencia, él libra su propio combate personal contra un enemigo que no lo ve ni lo siente. En su cabeza se calculan distancias, velocidades, curvas, temperaturas, oscilaciones. Reconoce el terreno, mide los metros entre los postes telefónicos, la dimensión de los edificios y busca escondites tan buenos como el suyo donde, quizá, se esconde otro como él, como si mirara al otro lado del espejo.

La fascinación por estos soldados silenciosos y precisos ha producido las mejores piezas literarias de la historiografía bélica. En las librerías se citan ahora en un duelo dos de las más importantes: ‘La francotiradora de Stalin’, una autobiografía de Liudmila Pavlichenko que se traduce por primera vez para los lectores españoles, y ‘Memorias de un francotirador en Stalingrado’, escrito por Vasili Záitsev. Ésta es la reedición de una obra mítica sobre una leyenda, el hombre que abatió a 225 militares alemanes en el infierno de Stalingrado y que inspiró ‘Enemigo a las puertas’, la película de Jean-Jacques Annaud de 2001 protagonizada por Jude Law.


Liudmila Pavlichenko.
Estos dos libros se parecen bastante a sus autores. O mejor, están escritos a la manera en la que ellos matan. Liudmila Pavlichenko es una tiradora académica, fría como el cañón de su Mosin 1891, precisa en el cálculo matemático, una funcionaria de la muerte. En cada encuentro con el enemigo, aplica reglas aprendidas e improvisa sus propios trucos para matar alemanes. Liudmila escribe: “Me sorprendió saber que una bala no vuela directamente hacia su objetivo, sino que, debido a la fuerza de la gravedad y a la resistencia del aire, describe un arco y, simultáneamente, gira sobre sí misma”. Analiza la altura, la temperatura, los engaños del calor y del frío. Con esas ecuaciones claras, convierte su rifle con mira telescópica en la prolongación de su mente. “Un francotirador debe ser una persona tranquila, equilibrada, incluso flemática, no propensa a ataques de ira, júbilo, desesperación o, peor aún, histérica. Es un cazador paciente. Solamente dispara una vez, y si yerra, lo puede pagar con la vida”.

Vasili Záitsev, en cambio, no acudirá a ninguna academia militar para formarse, porque su escuela serán los montes Urales. En medio del clima extremo, este cazador de lobos aprende de su abuelo nociones básicas de cómo moverse en la nieve, seguir rastros, camuflarse, permanecer horas esperando a la presa, elegir el mejor momento, no caer en provocaciones y si hay que dejar vivir o dejar morir. Záitsev es de la vieja escuela: “Si bien un francotirador no necesita más de dos segundos para apuntar y disparar, los preparativos para ello requieren a menudo horas y horas de observación minuciosa”. Vasili usa los elementos que le rodean como si fueran sus aliados y mete un puñado de nieve en su boca para evitar que el enemigo descubra el vaho saliendo de su escondite. “Pongamos que ves lo que parece ser un reflejo de un mechero al sol y deduces que se trata de un francotirador encendiendo un cigarro. Tal vez sí, tal vez no. Apuntas al lugar y esperas. Debería aparecer el humo. Pasa el tiempo, acaso un día entero, y por un instante aparece un casco. ¡No dispares! Aunque le des, no sabes en cuál de las posiciones señuelo estará el verdadero francotirador enemigo. Si disparas y le das al cebo, habrás revelado tu posición”. Bang. Cada bala suena diferente, y nunca como en las películas. Un tiro, un muerto.

Dejando atrás la épica cinematográfica (y manipulada) de Enemigo a las puertas, Záitsev relata con detalle su enfrentamiento con un francotirador alemán como si fuera un western clásico, pero en medio de una de las mayores batallas de la II Guerra Mundial. El enemigo pone trampas, le persigue y mata a Sasha, uno de sus mejores amigos, en un descuido. Después de buscarse por las ruinas, sospecha de un lugar bajo unas cajas de munición abandonadas en el lado alemán, el mismo sitio que él elegiría. Pone un cebo, el enemigo pica el anzuelo, lo ve recoger el casquillo de su Kar-98 para no dejar huellas y, entonces, levanta la cabeza para ver a su presa supuestamente abatida. Y entonces Záitsev no falla. El historiador Antony Beevor, en su célebre ‘Stalingrado’, no logró encontrar el nombre del famoso oficial alemán enviado para matar a cazador de lobos de los Urales. No hay nada en los viejos archivos de la Wehrmacht. El propio Beevor describe el sonido de una bala lejana de un francotirador entrando en el cuerpo de la víctima: “twack”.

“Estos libros de francotiradores tienen su público”, dicen desde la editorial Crítica, que también publicó recientemente el volumen de Kevin Lacz ‘El último francotirador’, la experiencia en primera persona de un Navy Seal en Irak, donde revela los secretos de la guerra callejera contra los milicianos de Al Qaeda. “Todos se venden muy bien. Por eso apostamos por publicar historias que el público español aún no conoce, como la de La francotiradora de Stalin”, concluyen en la editorial.

La diferencia entre Záitsev o Pavlichenko con Lacz es que éste puede apoyarse en la tecnología: ópticas mejoradas, armas de larguísimo alcance y apoyo de drones. El cazador de los Urales, en 1942, usaba su instinto para entender que si hay cuervos negros sobrevolando una zona, es que hay un soldado que acaba de comer y ha tirado los restos de comida junto a él. También hunde la pala en la tierra y coloca el oído sobre el mango, como si fuera un indio siux, para notar las vibraciones del terreno cuando se acerca el enemigo. Cada día mata a cuatro o cinco alemanes sin remordimientos, sin cambiar de postura durante horas pese a que le comen los piojos sin poder rascarse, le arde de hambre el estómago sin poder comer y se muere de sed sin poder acercarse la cantimplora a los labios. Para el soldado soviético, la esperanza de vida en la batalla no llegaba a las 24 horas de vida.

Liudmila Pavlichenko, una de las pocas mujeres francotiradoras del ejército rojo, se revela no sólo contra la ferocidad del enemigo nazi, sino contra su propia jerarquía. En el libro, describe una escena ante un compañero que ha sido condecorado ante el jefe que lo condecora: “Por 100 ‘fritzes’ [alemanes] eliminados en Leningrado, Vladimir se había convertido en Héroe de la Unión Soviética. Por 100 muertos en Odesa, a mí me dieron un fusil de francotirador con mi nombre grabado. Un año después, a él lo habían ascendido tres veces y su marca era de 154 fascistas abatidos. En cambio yo, que llevaba 309 nazis muertos, solamente había obtenido el grado de subteniente”. Pavlichenko también sostiene un odio frío hacia el invasor y describe cada victoria con orgullo: “¡Por fin te tengo, nazi cabrón, después de tanto tiempo sentada bajo un frío de muerte! Por el visor de la mira telescópica vi su cabeza. El ‘fritz’ tiró del cerrojo de su fusil, recogió el casquillo y miró fuera del escondite. Mi maestro me había aconsejado sabiamente. ‘Nunca creas que tu disparo será el último y no seas demasiado curiosa’. Contuve la respiración y presioné suavemente el gatillo”.

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