La monja budista que se convirtió en estrella musical


Ella misma admite que le gusta hacer cosas “que supuestamente no pueden hacer la monjas”.
Y fiel a sus principios, esta religiosa budista de rostro sereno ha sacudido mundos muy lejanos a su monasterio en
Katmandú, la capital de Nepal.
Con varios álbums y conciertos internacionales en su haber, Ani Choying Drolma ya ha dejado su huella en el
competitiva industria de la música.
La religiosa desarrolló una técnica novedosa y distintiva en sus cánticos tibetanos, dejando que las últimas notas se
dilaten en un prolongado suspenso antes de prácticamente evaporarse en el espacio.
Choying no recibió entrenamiento musical y asegura que sus cantos vienen desde lo profundo de su ser.
Envuelta en su túnica color granate, su imagen dista mucho de la de una estrella del pop. Pero sus videos muestran
que se siente en calma tanto frente a un micrófono como durante un rezo o una meditación.
“La voz que logro expresar al mundo es inspirada por mi profunda devoción espiritual y mi fe en la sabiduría del
Señor Buda”, le dijo Choying a la BBC.


Infancia difícil
Como muchos otros refugiados de Tíbet, el padre de la religiosa llegó a Nepal en la década de 1950. Se estima que al
menos 20.000 personas huyeron hacia el sur a través de las montañas del Himalaya luego del levantamiento contra la
ocupación china en Lhasa, la capital de Tíbet.
Choying creció en un barrio de refugiados en Katmandú en la pobreza y en circunstancias familiares difíciles. La
religiosa ha relatado en el pasado cómo su padre decidía repentinamente golpearla a ella y a su madre.
En su autobiografía, “Cantando por la libertad”, Choying habla de los traumas de su infancia y señala que al ver el
sufrimiento de su madre decidió a una temprana edad que nunca se casaría.
“Mi padre mostraba algunas de las cualidades peores en los hombres”, dijo la monja a la BBC.
“Él me hizo sentir que casarme sería lo peor que podría hacer en la vida”.
“De alguna forma él desarrolló una gran cantidad de cualidades negativas que lo llevaron a sentir mucha rabia,
frustración y amargura”.
Choying cuenta que cuando comunicó a su madre su decisión de no casarse ésta le dio un ultimátum: o ingresaba a un
monasterio budista y se hacía monja o permanecía en el mundo secular y buscaba un marido.
Desesperada por afirmar su propio camino, la joven se unió a un monasterio cerca de Katmandú cuando tenía 13 años.
Discriminación
Pero las dificultades por su condición de mujer no acabaron con la vida religiosa.
“En los monasterios muchos creen que las mujeres por sí solas no pueden desarrollarse espiritualmente”, señaló
Choying.
“Yo soñaba con realizar estudios superiores mientras progresaba espiritualmente, pero no tuve la oportunidad”.
La religiosa buscó consuelo en la música, sin percibir inicialmente su potencial como vocalista.
“Cantar y bailar eran cosas que disfrutaba desde niña mientras jugaba con mi hermano o ayudaba a cocinar y lavar, y
también cuando me embargaba la tristeza”.
Muchos devotos extranjeros que visitaron su monasterio la alentaron a dedicar tiempo a su música.
Uno de los primeros cassettes que Choying recibió como regalo de un visitante tuvo un profundo impacto en ella: una
grabación de la cantante de blues y guitarrista estadounidense Bonnie Raitt, que se convirtió en una de sus artistas
favoritas.
Pero el mentor que identificó el potencial de Choying fue el guitarrista estadounidense Steve Tibbetts, un visitante
frecuente del monasterio.


Tibbets fue quien permitió a la religiosa conocer el escenario musical internacional y organizó su primera gira de
conciertos en varias ciudades estadounidenses en 1998.
Momento inolvidable
Durante una de esas presentaciones Choying notó en la audiencia una mujer “de cabello pelirrojo” que se asemejaba a
su ídolo de la infancia Bonnie Raitt.
“Enseguida descarté esa posibilidad, pensando que era casi imposible que una cantante famosa viniera a uno de mis
conciertos. Pero al final de la presentación, la mujer se acercó a mí y me dijo: ‘Soy Bonnie Raitt y soy una gran fan
tuya'”.
Para Choying fue un momento inolvidable.
“La miré consternada y le respondí. ‘¿Bromeas? Yo soy quien te admira a ti’ Poco después ella me presentó uno a uno
sus músicos”, relata Choying con un brillo potente en la mirada.
Desde esos primeros conciertos, Choying ha viajado frecuentemente con su música, sin descuidar su ambición y
compromiso de por vida de educar niñas, especialmente de las comunidades más pobres.
En 2000, la religiosa usó el dinero ganado con sus grabaciones para fundar Arya Tara, una escuela para novicias cerca
de Katmandú.
Mientras se prepara para grabar un nuevo álbum de himnos en un estudio simple, Choying aguarda una visa para su
primera gira musical en China. Es un desafío viajar al país visto por los Tíbetanos como opresor, para alguien que
nació por las acciones chinas en un barrio de refugiados.
Pero Ani Choying Drolma aprendió a manejar y sanar su ira a través de la meditación y su música. La monja dice que ha
perdonado a su padre, y comparado con ese logro, cualquier otro desafío es pequeño.
BBC Mundo

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