Heroínas soviéticas de la aviación en la guerra contra los nazis


La capitana de aviación Masha Dolina, del regimiento de bombardeo pesado 587, en 1941

“¡Querida, has derribado un bombardero Heinkel!”
Lyuba Vinogradova explica en ‘Las brujas de la noche’ la valiente lucha de las aviadoras soviéticas contra los nazis y contra el machismo

Mujeres que vuelan, que combaten, que vencen y que caen, acribilladas, abrasadas, destrozadas, víctimas incluso de “la peor de las muertes”: precipitarte desde el cielo, tras saltar de tu aparato ardiente, sin paracaídas. El mundo heroico, vertiginoso y terrible de la aviación de guerra, en femenino.


En Las brujas de la noche (Pasado y Presente), la investigadora Lyuba Vinogradova (Moscú, 1973), colaboradora habitual y prestigiosa de los historiadores Antony Beevor (que firma la introducción) y Max Hastings, traza desde las mismas fuentes documentales originales y los testimonios directos la gran aventura de las aviadoras soviéticas de la II Guerra Mundial. Lo hace con una voz de mujer, atenta a detalles conmovedores que se suelen pasar por alto, como la separación de las familias, la dificultad de contar con ropa adecuada –al principio les suministraron vestimenta de hombre, incluidos calzoncillos- , las lágrimas cuando les cortaban las trenzas, el acoso y las chanzas de los compañeros pilotos masculinos, habitualmente pasados de vodka; el problema con los anticonceptivos (Vinogradova describe una escena en la que las aviadoras observan con envidia un condón capturado al enemigo, una rareza entonces) o la confección de lencería con la seda de los paracaídas de los aviadores alemanes derribados. Uno imagina lo que debía humillar eso a los pilotos nazis. Que te derribe una mujer ya es duro, se dirían los machos de la Luftwaffe, pero que se hagan las bragas con tu equipo…

“Los alemanes no tenían mujeres como combatientes en su ejército, no digamos pilotos”, explica a este diario Vinogradova. “Naturalmente, las aviadoras les provocaban mucha curiosidad. No obstante, a las que cogían prisioneras las trataban con enorme dureza”. De entrada, las desnudaban para comprobar el género. Cuando Lina Smirnova fue derribada, cuenta la autora, se pegó un tiro antes de que la cogieran.

La emoción de las victorias era la misma que la de los hombres, expresada a veces de modo particular. “¡Has derribado un Heinkel, querida!”, le espetó su mecánica a Lera Khomyakova al aterrizar tras un combate contra una formación de bombarderos alemanes. Inmediatamente el resto de chicas del personal de tierra la rodeó y la besaron. La aviadora cayó poco después. Encontraron su cuerpo en un campo de girasoles.

¿Fue la lucha contra el machismo en sus propias filas tan dura para las aviadoras como la guerra contra los alemanes? “Comparadas con la mayoría de las mujeres en el ejército soviético, que constantemente sufrían acoso sexual y a veces violencia sexual, las aviadoras eran un grupo privilegiado.

El acoso abierto no se toleraba. Sin embargo había mucha discriminación. Los hombres se apropiaban de los cazas de ellas, ninguneaban a las aviadoras, las llamaban ‘muñecas’. Un ejemplo clásico son las exclamaciones de los pilotos hombres en el campo cerca de Stalingrado cuando les informaron de que un regimiento de bombardeo femenino llegaba: ‘¡A cubierto, hay chicas tratando de aterrizar!’. La gran aviadora Raisa Belyaeva, que había participado en shows aéreos antes de la guerra, tenía que escuchar al comandante del regimiento de cazas en que combatía decirle: ‘No quiero enviarte de misión, eres demasiado bonita’, lo que, por supuesto, ella se tomaba como un insulto. Las mujeres, que muchas veces poseían más experiencia de vuelo que sus camaradas masculinos tenían que probar constantemente su habilidades y su coraje”. Paulatinamente, dejándose la piel, se ganaron el respeto.

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