Espectaculares escenas de acción de la historia del cine


Espectaculares escenas de acción de la historia del cine
Críticos de cine seleccionan los momentos más incendiarios que se han visto en una pantalla. Abróchense los cinturones y disfruten el viaje

La vida humana vale menos en el cine. Al fin y al cabo, son solo películas. Pero hay escenas que consiguen que se nos olvide, estimulando nuestros sentidos, nuestros instintos primarios y la parte trasera del cerebro. Antes de que el cine se considerase un arte, su única intención era excitar, entretener y sorprender. Estas 22 escenas apelaron a aquel noble propósito e irónicamente se convirtieron en obras de arte por derecho propio. El género de acción, tradicionalmente denostado por la crítica intelectual, tiene la capacidad de quedarse con nosotros mucho tiempo después de que termine la película. Porque quizá solo sea ficción, pero su efecto en el público es muy real.

Estas son algunas de las mejores secuencias de acción de la historia del cine, elegidas por un grupo de críticos de cine formado por: Mariló García (Tentaciones), Noel Ceballos (GQ), Adriana Izquierdo (Xataca), Daniel M. Mantilla (Fotogramas), Nauzet Melián (Macguffin 007), Beatriz Martínez (El Periódico), Rubén Romero (Cinemanía) y Juan Sanguino (Icon).

Abróchense los cinturones, aunque les advertimos de que probablemente no sirva de nada. Y, sobre todo, no intenten imitarlas en su casa.

-La lucha de Buster Keaton con el tren en ‘El maquinista de la general’ (Clyde Bryckman y Buster Keaton, 1926)
Los participantes. Johnny Grey (Buster Keaton) y un ferrocarril.
El escenario. Cottage Grove, un pueblo de Oregón que decretó fiesta local para que sus 4.000 vecinos asistiesen al rodaje de la escena más cara de la historia hasta el momento.
Por qué es tan buena. El hombre y la máquina, condenados a trabajar juntos incluso en la adversidad. Keaton se juega la vida plano tras plano y se enfrenta a todas las muertes posibles subiéndose a todas las superficies del vagón para impedir que descarrile. La tensión, la urgencia y la angustia siguen funcionando casi 100 años después porque, si el carricoche de ‘El acorazado Potemkin’ es la madre de todas las escenas trepidantes, este órdago ferroviario es el padre del cine de acción.


La persecución de ‘French Connection: contra el imperio de la droga’ (William Friedkin, 1971)
Los participantes. Jimmy ‘Popeye’ Doyle (Gene Hackman) en su coche, bajo las vías por las que circula el tren secuestrado por Nicoli (Marcel Bozzuffi).
El escenario. Nueva York.
Por qué es tan buena. La persecución que más tensión muscular genera en el espectador, precisamente por conseguir que se olvide de que es un mero observador: William Friedkin, el director, no pone la cámara en los escaparates sino dentro del vehículo para que sientas que lo estás conduciendo tú. Así es. William Friedkin inventó los videojuegos simuladores de conducción en 1971.


El hundimiento del barco en ‘Titanic’ (James Cameron, 1997)
Los participantes. Los dos mejores actores de su generación (Leonardo DiCaprio y Kate Winslet), acompañados de (lo que sin duda parecen) las 2.200 almas que subieron a bordo del trasatlántico en 1912.
Por qué es tan buena. El océano Atlántico, cuyas aguas heladas se sienten “como si mil cuchillas te atravesaran”.
La escena. Cuando le preguntaron a James Cameron qué utilizó para recrear el nitrógeno líquido en ‘Terminator 2’, el director respondió sin inmutarse: “Nitrógeno líquido”. Así que en su cabeza, la única forma de rodar el hundimiento del Titanic era construirlo otra vez (un 10 % más pequeño, de modo que debía de tener un tamaño similar al Mauritania), hacerlo zarpar en el decorado más grande de la historia del cine y levantar la popa, ponerlo en vertical y partirlo en dos. ¿Quién iba a querer perdérselo? Nadie. Absolutamente nadie. A diferencia del resto de películas de catástrofes, aquí las víctimas no son extras anónimos multiplicados digitalmente sino actores cuyos personajes hemos ido conociendo durante los primeros 80 minutos. Y ahora vamos a verlos morir. El éxito de ‘Titanic’ radicó en que el barco parecía auténtico, su legado emocional en la cultura popular sigue vigente porque sus personajes también parecían los pasajeros reales. Y al margen de su colosal destrucción, el instante más escalofriante de toda la película sigue siendo cuando se funden las luces de todo el barco y solo se escuchan los gritos en la noche: el buque de los sueños ha mutado en un monstruo sacado de la peor pesadilla.


La pelea junto al avión nazi de ‘Indiana Jones y el arca perdida’ (Steven Spielberg, 1981)
Los participantes. Indiana Jones (Harrison Ford), Marion (Nancy Allen), un mecánico (Pat Roach) y un montón de nazis haciendo cosas de nazis.
El escenario. El desierto, un caza y un camión cisterna. Esa combinación solo puede acabar de una forma.
Por qué es tan buena. Steven Spielberg rueda con majestuosidad, John Williams aporta tracción y Harrison Ford reacciona más como un adolescente con prisa que como un héroe. Mientras Indiana recibe una somanta de palos por parte del mecánico alemán, de los que se defiende mordiendo, huyendo y tirándole tierra a los ojos, la pelea bordea la comedia al enlazar un efecto dominó: el caza se dispone a despegar, la gasolina del camión cisterna repta por la arena y Marion dispara la ametralladora. Hay películas enteras con menos giros argumentales que esta escena. Y ninguna de ellas está tan bien rodada.


La lucha entre los árboles de ‘Tigre y dragón’ (Ang Lee, 2000)
Los participantes. Li Mu Bai (Chow Yun-fat) y Jen Yu (Zhang Yiyi).
El escenario. Un bosque de bambú.
Por qué es tan buena. Hay algo hermoso en el éxito mundial de este homenaje a un género, el wuxia, tradicionalmente ridiculizado por Occidente. Incluso sin comprender del todo sus preceptos, el público occidental se sintió fascinado por la belleza, la integridad y el honor con el que Ang Lee dirigía esta fábula sobre, precisamente, la belleza, la integridad y el honor. Para los dos guerreros, este combate que no es una vulgar pelea sino una expresión artística de filosofía, de dialéctica y de carácter. El éxito no reside en golpear más fuerte sino en dominar el espacio y, como no es una película americana, dejan el bosque intacto. Y ese respeto hacia la naturaleza, esa poesía y ese equilibrio espiritual son aspectos que cualquier ser humano puede sentir.

La persecución de ‘Terminator 2’ (James Cameron, 1991)
Los participantes. T-800 (Arnold Schwarzenegger), T-1000 (Robert Patrick) y todos los medios de transporte que puedas imaginar, que en este caso sirven también como armas arrojadizas.
El escenario. Una autopista de Los Ángeles.
Por qué es tan buena. ¿Cómo consiguió James Cameron rodar el plano de un helicóptero pasando por debajo de un puente? Pues pasando un helicóptero por debajo de un puente. Ninguna compañía aseguradora accedió a cubrir el rodaje de esta persecución, de modo que Cameron tuvo que rodarla él solo. El helicóptero acaba, como no podía ser de otro modo, estampándose contra el camión cisterna. Y lo mejor es que entonces es cuando empieza el clímax de la película (casualmente han recalado en una siderúrgica): ‘Terminator 2’ es como correr una maratón, pero esprintando los 42 kilómetros y, cuando llega a la línea de meta, sigue corriendo saludando a la afición.


La explosión final de ‘La jungla de cristal’ (John McTiernan, 1988)
Los participantes. John McClane (interpretado por Bruce Willis), que podría ser tu vecino pero sería el inquilino más bestia del edificio y el tipo con el que más te convendría quedarte encerrado en el ascensor.
El escenario. Una azotea.
Por qué es tan buena. En una década marcada por la hipertrofia de Stallone y Schwarzenegger, Bruce Willis irrumpió como un hombre corriente que estaba teniendo un día de perros. Una bomba está a punto de explotar, de modo que McClane tiene que sacar a todo el mundo de la azotea (y lo hace del único modo que sabe: disparando una ametralladora al aire) mientras la policía le dispara desde un helicóptero y él grita: “¡Que soy de los vuestros, gilipollas!”. Cuando se dispone a salvarse saltando al vacío haciendo ‘puenting’ con una manguera anti-incendios, él mismo reflexiona: “John, qué coño estás haciendo”. Y ahí radica el mito de John McClane: siempre parece tan sorprendido como el espectador con cada una de sus ideas suicidas. La escena requirió 6 meses de preparación, 3 tomas y 9 equipos de cámara. El helicóptero acaba explotando junto con el resto del edificio, pero eso ya lo sabías. Yipee-ki-yay motherfucker.


La escena del atraco de ‘Heat’ (Michael Mann, 1995)
Los participantes. La banda de Neil McCauley (Robert De Niro).
El escenario. Los alrededores de un banco.
Por qué es tan buena. La brutalidad jamás ha resultado tan elegante como durante este asedio y posterior atraco a una sucursal bancaria. Parece como si Michael Mann, el director, a diferencia del proceso creativo estándar, primero pensase cómo quiere rodar su película y después la escribe en función a esa contundente precisión visual. No es que toda la película gire en torno a esos 12 minutos, es que da la sensación de que los 100 primeros años del cine han sido una excusa para llegar a esos 12 minutos. Los disparos son ensordecedores, el terror de los viandantes es insoportable y la tranquilidad de De Niro es ofensiva. La ferocidad de la escena radica en que no hay efectos de sonido añadidos en posproducción: los gritos, los disparos y los coches estrellándose es sonido ambiente. Eso hizo que el rodaje fuera inmensamente más complicado, pero si Mann es un genio es porque le gusta tomar el camino difícil.

Cary Grant perseguido por una avioneta en ‘Con la muerte en los talones’ (Alfred Hitchcock, 1959)
Los participantes. Roger Thornhill (Cary Grant, interpretando a James Bond tres años antes de que 007 debutase en el cine) y una avioneta empeñada en fumigarle hasta la muerte.
El escenario. Un campo de maíz.
Por qué es tan buena. Cómo no va a ser una de las escenas más icónicas del cine, si enfrenta al hombre (vestido con un traje que, eso sí, se le arruga menos siendo atropellado que a ti sentándote) con la máquina y acaba con una avioneta estrellándose contra un camión cisterna, un vehículo que sólo existe en el cine para explotar. Sin embargo, lo que el público más recuerda es a Cary Grant y por eso es una estrella: su cara de no dar crédito, su autocompasión al hacer ‘auto-stop’ (así es como los americanos intentan solucionar sus problemas siempre) y su torpeza al correr solo en línea recta forjan una escena tan excesiva, bordeando la comedia pero sin caer en ella, que dejaba claro que tanto Grant como Hitchcock querían evocar la nostalgia del cine mudo. Esta persecución fue la ‘Stranger Things’ de los hijos de la Gran Depresión.


La batalla del abismo de Helm de ‘El señor de los anillos: Las dos torres’ (Peter Jackson, 2002)
Los participantes. Aragorn (Viggo Mortensen), Legolas (Orlando Bloom), Gimil (John Rhys-Davies), cientos de hombres y cientos de miles de orcos.
El escenario. El abismo de Helm.
Por qué es tan buena. Tres meses de rodaje para la batalla cinematográfica más influyente del siglo XXI (‘Juego de tronos’ no existiría como la conocemos de no ser por ella). Jackson captura la brutalidad, la agonía y el caos de la guerra. Sus planos aéreos aportan ansiedad porque hay orcos hasta donde alcanza la vista, cada decisión estratégica y sus consecuencias están explicadas con claridad y el pique entre Légolas y Gimil por matar más orcos te recuerda que estás viendo una película y que puedes respirar. Cuando Légolas surfea escaleras abajo, Orlando Bloom se volvió famoso para siempre. Y toda la acción está asfixiada por la promesa de Gandalf de que aparecería al amanecer del quinto día. La llegada de refuerzos en el último momento siempre funciona en el cine (y en la vida real), pero, además, en una sociedad sacudida por el terror de los atentados del 11 de septiembre, ‘El señor de los anillos’ fue la fábula luminosa que el mundo necesitaba.


Toda la película entera de ‘Mad Max: Furia en la carretera’ (George Miller, 2015)
Los participantes. Mujeres fértiles, mujeres ancianas, tullidos, esclavos y tarados: cuando le haces creer al pueblo que no vale nada, sentirá que no tiene nada que perder cuando se subleve.
El escenario. El desierto.
Por qué es tan buena. Max se queda en el asiento de copiloto en una huída hacia adelante (y de vuelta atrás) que dignificó el cine de acción mediante una apabullante narración visual (a 45 grados no hay sitio para chascarrillos) que devolvía al género la sangre, la suciedad, la chatarra y el sudor: los coches, por primera vez en la era digital, volvían a pesar, volvían a oxidarse y volvían a destrozarse. Y cuando aparece un pringado escupiendo fuego de su guitarra, no queda más remedio que aplaudir al pirado de George Miller y a Imperator Furiosa, una mujer que abrió un camino feminista, literalmente, donde no existían carreteras.


La escena de los 88 maniacos de ‘Kill Bill’ (Quentin Tarantino, 2003)
Los participantes. La Novia (Uma Thurman) y los 88 maniacos.
El escenario. El jardín de un restaurante de Okinawa (Japón).
Por qué es tan buena. Rodado en blanco y negro para evitar la calificación de “No apta para menores de 18 años”, este combate es el resultado de un director que está cumpliendo su sueño y de una de las actrices que mejor utiliza su físico elástico para cada personaje que interpreta: toda ella es un arma. La novia cercena extremidades, espadas y cabezas. Salta, vuela y se arrastra. El público aúlla porque tiene la certeza de que ella va a ganar: la emoción no surge de lo que va a pasar sino de cómo va a pasar. Hay sangre disparada, hay cientos de planos desde ángulos humanamente imposibles y, por encima de todo, queda patente el arrebato de Tarantino al reivindicar la magnificencia no de la violencia, sino de la violencia cinematográfica. La reciente revelación del acoso y abuso físico que sufrió Thurman durante el rodaje ha reescrito el significado de su sentencia final, que la actriz podría dedicarle hoy a sus agresores: “Los que sigáis vivos, podéis iros. Pero dejad vuestras extremidades. Ahora me pertenecen a mí”. La venganza, a veces, puede ser retroactiva. Y siempre es satisfactoria.

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