William Nordhaus, el padre de la economía del clima y eterno candidato al Nobel de Economía

William Nordhaus: “El cambio climático es como la ruleta y en el casino siempre se pierde”

Nordhaus, en su despacho en la Universidad de Yale.

El padre de la economía del clima y eterno candidato al Nobel de Economía lo es todo en el estudio del coste del calentamiento global

Desde su cátedra de la Universidad de Yale, propone una solución para el cambio climático: gravar con un impuesto la emisión de CO2 a la atmósfera

Nordhaus, Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento: “Incluso tomando medidas muy ambiciosas hoy no es sencillo limitar el aumento de la temperatura a 2ºC o 2,5ºC”

Sin orden no hay libertad. En un despacho del Departamento de Economía de la Universidad de Yale, William Nordhaus recuerda el letrero que le recibió en la frontera de Francia y España, en los años 60. Desde entonces, «he vuelto muchas veces», explica, antes de añadir que tiene amigos «en Madrid y en Vigo», y su restaurante favorito en New Haven, la ciudad en la que está la Universidad de Yale, es un español. Problemas de los restaurantes étnicos: ¡en ese restaurante sirven ceviche! «No sabía que era un plato peruano», se disculpa este perpetuo candidato al Nobel de Economía que, pese a ser la quintaesencia de sabio distraído, ha dedicado su vida a analizar uno de los problemas prácticos más acuciantes de la Humanidad: el cambio climático.


Nordhaus regresa a España la próxima semana para recoger el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la Categoría del Cambio Climático, un galardón que, según el economista, «tiene un jurado tan impresionante que, después de ganarlo, el Nobel pierde importancia». Empezó en 1973, con la ayuda de un estudiante llamado Paul Krugman, hoy Nobel de Economía y columnista estrella de The New York Times. Su idea era que, al analizar la economía de las fuentes de energía no renovables -esencialmente, petróleo, gas natural, y carbón-, hay que mirar al futuro para tratar de saber cuándo se podrán agotar.

Dos años después comenzó a aplicar esa teoría al impacto de esas fuentes de energía más allá de la economía. Así es como, literalmente, creó la economía del cambio climático. Era 1975, y la idea de que el ser humano pudiera alterar el clima de la Tierra al elevar la temperatura del planeta era poco menos que una teoría para iluminados. «Yo creo que me dejaban hacer eso sólo mientras no descuidara la supuesta investigación seria que estaba haciendo», explica.

Las predicciones sobre el efecto del calentamiento de la Tierra de Nordhaus, expuestas en su libro El casino del clima (The Climate Casino), son muy negativas en el largo plazo. Pero hay motivos para creerle. En 2002, fue universalmente ridiculizado cuando dijo que el coste de la invasión de Irak sería entre 2 y 30 veces más de lo que preveía el Gobierno de George W. Bush. Quince años después, la factura es 70 veces mayor.

ES MÁS PROBABLE QUE BAJEN UNOS ÁNGELES DEL CIELO Y ARREGLEN LAS EMISIONES DE CO2 ANTES DE QUE EL MERCADO LO HAGA”
¿Cómo va la partida del clima en el casino planeta Tierra?
Los casinos en este estado, Connecticut, son sitios muy tristes. La gente está echando dinero en las máquinas tragaperras, en silencio, y, de vez en cuando, se escucha el sonido de las monedas cuando alguno gana un premio, como para mantener la esperanza de los jugadores… En los casinos todo está hecho para que a uno se le meta en la cabeza una frase: «Mi suerte va a cambiar». Así que va, y empieza a apostar, y a perder, y apuesta más, y vuelve a perder, y no se va nunca. La Humanidad tiene que salir de ese casino.


Hasta ahora hemos ganado dinero en el casino del clima. ¿Debemos agarrar las ganancias e irnos?
Hemos ganado si no consideramos las consecuencias a largo plazo. Y eso es porque nuestra contabilidad es pésima. Es como si contáramos el doble cuando ganáramos y sólo la mitad cuando perdiéramos. Aunque hayamos ganado por ahora, hemos contraído una deuda que vamos a tener que pagar cuando salgamos del casino.

¿Qué propone usted?
Un impuesto que grave las emisiones de CO2. Es como pagar impuestos para que el Ayuntamiento tenga limpias las calles, o para que el Estado quite la contaminación del agua potable, o para las Fuerzas Armadas. El cambio climático es una cuestión a más largo plazo, y que no se circunscribe a la ciudad, o la comunidad de vecinos, al país, sino al mundo.

¿Cuánto sería la factura?
Si el impuesto se va implantando gradualmente a lo largo de 20 ó 30 años, al final de ese periodo la renta media será un punto porcentual menor que si no se hubiera creado el impuesto.

Eso no es nada.
Es muy poco. Además, con ese impuesto no estás tirando el dinero, sino que estás fomentando el desarrollo tecnológico y la acumulación de capital físico bajo la forma de plantas de generación de energía, infraestructuras, etcétera, más eficientes.El mercado, por sí solo, ¿no va a solucionar el problema?

Por supuesto que no. ¿Cómo va a solucionarlo? El mercado no penaliza la emisión de CO2. Es algo que tiene un coste cero.
Pero da mala imagen a las empresas que contaminan. Hay fondos de inversión que no ponen su dinero en empresas mineras o petroleras. A los lobbies de las armas y el tabaco la mala prensa no les impide seguir fabricando armas y cigarrillos. Quienes defendemos este impuesto lo hacemos porque creemos que es más probable que bajen unos ángeles del cielo y arreglen las emisiones de CO2 antes de que el mercado lo haga.

Las emisiones de CO2 por unidad de producción de la economía están cayendo.
Están cayendo a un 2% anual desde hace 50 años. Para alcanzar nuestros objetivos deben hacerlo a entre el 5% y el 10% anual. La tasa de descarbonización de la economía no ha subido desde la firma del Protocolo de Kioto. Y eso es lo que el mercado está haciendo: nada. Lo poco que se avanza es porque estamos yendo de una economía más industrial a otra de servicios y alta tecnología, y abandonando lentamente el carbón. La única región que hace algo es Europa, con el Sistema Europeo de Emisiones [ETS, según sus siglas en inglés, que es un mercado de permisos de emisiones que las empresas compran y venden]. El problema es que ese mercado de emisiones pone un precio muy bajo, de unos 8 dólares, por tonelada de CO2. El precio debería ser de unos 30 dólares por tonelada, y a nivel mundial, porque, en términos de cambio climático, Europa es una pequeña parte del problema. Acaso China esté dando unos pequeños pasos, pero no está claro. El resto del mundo no está haciendo nada. Y EEUU está yendo para atrás.

Cuando su libro salió en 2013, usted dijo en la radio pública de EEUU, NPR, que estaba pasando de la calma a la preocupación. El periodista le preguntó cuándo entraría en pánico. ¿Ha entrado ya?

No. El pánico sólo es para cuando ves al ejército enemigo cruzando la frontera. Pero sí estoy en fase de profunda preocupación. No es tanto que el problema haya aumentado, es que no hemos hecho nada. Si acaso, hemos ido hacia atrás. En EEUU, es como si el Gobierno de Trump quisiera revertir todo lo que hemos progresado en los últimos 100 años.

Usted ha sido muy crítico con los Acuerdos de París, Kioto y Copenhague.
Hombre, son mejor que nada, pero su problema es que no conllevan sanciones para los países que no participan, se retiran -como EEUU en 2001 o Canadá en 2011-, o los incumplen. Mientras no cambie eso, no serán efectivos.

Nadie se plantea eso.
Yo creo que es posible que algún día la gente se pregunte por qué esos acuerdos fracasan uno tras otro, y se dé cuenta de que es porque su incumplimiento no tiene consecuencias. ¿Por qué funcionan los acuerdos comerciales? ¿Por qué Trump, pese a sus amenazas, no sube los aranceles al acero europeo? Porque sabe que, si lo hace, va a haber represalias de la UE. Algún día, la gente demandará acuerdos contra el cambio climático que conlleven consecuencias.

Usted es un optimista.
No. Hace 100 años no teníamos IRPF, Estado del Bienestar, bancos centrales dignos de tal nombre, y no es sólo que las mujeres no tuvieran derecho de voto, sino que el mismo concepto de derechos civiles no existía. Una de las ventajas de ser viejo es que ves que el mundo cambia. Gente como Trump no va a estar siempre. Son demasiado ignorantes y sus políticas son demasiado autodestructivas.  Como decía Martin Luther King, el arco de la moral universal se dobla en la dirección de la justicia.

No siempre. No protegemos la democracia sentándonos y pensando que la Historia demostrará que teníamos razón. Con el clima pasará lo mismo.Volviendo a la UE, usted no es partidario de los mercados de emisiones. Prefiere impuestos.

Prefiero cualquier sistema que suba el precio del carbono, pero soy partidario de los impuestos porque son más predecibles, aumentan los ingresos fiscales, y pueden ser una herramienta de política económica porque los Gobiernos, si así lo quieren, pueden reducir entonces la presión fiscal en otras áreas de la economía. En los mercados de emisiones pierdes el control de los precios, así que el precio puede caer hasta cero.

Tampoco le gustan las subvenciones.
No me gustan nada las subvenciones en general, porque son ineficientes y crean distorsiones en el mercado. En el caso del cambio climático, es más fácil gravar a, pongamos, el 10% de la economía que utiliza combustibles fósiles que al 90% restante.
¿Y qué pasaría con los Gobiernos que no lo adoptaran?
Debería haber un sistema internacional, que llamo el Club del Clima, que dé incentivos a los países que participen en el programa. Por ejemplo, aranceles a las importaciones procedentes de países que no tengan este impuesto.

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