Usain Bolt dice adiós, pero deja un legado incomparable

Los mejores 100 metros de Londres
Bolt se lesionó, y con ello enviaba un mensaje, el último, a sus competidores: no me habéis podido ganar

Los campeonatos del mundo de atletismo más largos de la historia terminaron este domingo en Londres. Serán recordados, sin duda, como los de la retirada de Usain Bolt, al que vimos caer lesionado el sábado por la noche en su última carrera de relevos. Si echamos un vistazo a la prensa de los últimos días veremos que la jubilación del que ha sido el mejor velocista de la historia ha ensombrecido unos campeonatos, por lo demás mediocres en lo que a marcas se refiere. Pero la pobreza de los registros obtenidos por los atletas, con honrosas excepciones, no debe ocultar la belleza de algunas de las pruebas a las que hemos asistido. Por ejemplo, la de los 3.000 metros obstáculos femeninos, en la que dos norteamericanas, Emma Coburn y Courtney Frerichs, esta última prácticamente desconocida, vencieron a las favoritas, las kenianas, y Ruth Jebet, la mujer que hoy todavía conserva el récord del mundo, haciendo además una marca excelente, cercana a los nueve minutos. O la final de los 10.000 metros masculinos, la última victoria de otro grande, Mo Farah, cuyos cien metros finales fueron mucho más emocionantes que los que al día siguiente coronaron a Gatlin como nuevo y abucheado campeón del mundo. Han sido, además, los mundiales en los que se han reivindicado los 200 metros lisos, una prueba que siempre ha vivido arrinconada entre el 100 y el 400, que ni es una recta ni es una vuelta, pero que esta semana en Londres ha brillado con luz propia, con dos finales, en hombres y en mujeres, extraordinariamente competidas.

Se va Bolt, el mejor. Un atleta excepcional, empezando por su altura, 1,95 metros, que le permitía correr el hectómetro en 41 zancadas. Unas zancadas también excepcionales, por lo largas, como acabo de apuntar y por su asimetría: la escoliosis de Usain se traducía en que una mitad era más larga que la otra. Excepcional, en fin, por su cercanía, su simpatía, sus gestos, que prodigaba aún en la línea de salida, algo que le distinguía de sus rivales, serios y concentrados. Muchas veces he pensado que más allá de deficiencias técnicas, siempre discutibles, y de su enorme envergadura, sus legendarias malas salidas le debían algo a esa falta de concentración. Como nunca he dudado de que esa hiperactividad antes de la salida contenía un mensaje implícito para todos sus rivales: soy tan superior que no necesito concentrarme, y si me quedo un poco en los tacos pues ya os cogeré. En definitiva, resaltaba su característica más notable, los últimos treinta metros, en los que Bolt llegaba desde atrás y sus competidores le oían venir y se agarrotaban intentando correr más deprisa esos metros finales, en los que todo velocista sabe que lo más importante es mantener la relajación.

Quizá lo más llamativo de estos mundiales ha sido que los grandes atletas, los que se van y los que están llegando, se hayan fijado metas muy difíciles de alcanzar. En efecto, no se trataba de ganar una prueba; era preciso doblar y ganar dos. Y no ha podido ser. Los que se iban después de Londres, quizá ya no estaban en condiciones de hacerlo. Y los que buscaban en la capital británica estrenar su reinado no estaban suficientemente maduros todavía. Ni Bolt, que se jubilaba, pudo ganar los cien y el relevo corto, ni Mo Farah, que se pasa a la maratón, lo consiguió hacer en
los 5.000 y en los 10.000. Tampoco el llamado a sustituir a Usain como icono del atletismo mundial, el sudafricano Van Niekerk, logró ganar el 400 y el 200. Ni tan siquiera Allyson Felix, a pesar de aumentar su increíble colección de medallas, lo consiguió en las dos pruebas individuales en las que compitió. Quizá esta es la parte de la herencia de Bolt que deberíamos olvidar más rápidamente: será muy difícil volver a ver a atletas capaces de ganar dos pruebas en los mismos campeonatos.


Estos mundiales pasarán a la historia como los últimos en los que participó un superhombre, posiblemente el mejor atleta de la historia. La noche del sábado Usain Bolt no pudo completar su posta en el 4×100. Una lesión se lo impidió. Ayer domingo los titulares de casi todos los periódicos tenían algo de dramático y nos describían al ídolo caído, la faceta más humana del ser sobrenatural. Creo que cabe, al menos, otra interpretación. Se lesionó, es cierto. Y con ello, como hacía antes de oír el disparo de salida al no parar de gesticular, enviaba un mensaje, el último, a sus competidores: no me habéis podido ganar.

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