Liebling nos revive la época dorada del boxeo norteamericano

Matar a Moby Dick a golpes
En ‘La dulce ciencia’, A. J. Liebling construye de manera formidable un relato sobre la época dorada del boxeo estadounidense

“¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Sólo otra historia de pesca”. Hacia el final de La dulce ciencia (Capitán Swing, 2018), A. J. Liebling recuerda el combate entre Archie Moore y Rocky Marciano. Moore es un clásico, un dechado de estilo, pero desde la violenta aparición de Marciano se siente “un exponente del bel canto que se ve expulsado de la ópera por un tipo que únicamente sabe gritar”. Marciano tiene un estilo prehistórico y el trabajo de sus entrenadores es ocultarle las innovaciones del boxeo. Marciano recuerda a Bill Neat, el carnicero de Bristol, un boxeador de principios del XIX: más allá del arte de la educación que puede recibir un boxeador, sabe que un golpe de su mano derecha lanzado a la distancia adecuada puede acabar el combate; tres de ellos, derrumban a un gigante. Marciano tenía ese golpe con la derecha y con la izquierda. Así que Archie Moore se preparaba para ese combate ”como un solitario capitán Ahab para derrotar a Herman Melville y las apuestas”.

Liebling no escribe exactamente de boxeo ni La dulce ciencia es, exactamente, un libro sobre boxeadores. Boxiana, la biblia de este deporte que escribió Pierce Egan en 1824, da nombre al extraño título de manera aún más extraña: “¡La dulce ciencia de los moratones!”. Y a través de esa ciencia Liebling construye de manera formidable un relato considerado por Sports Illustrated como el mejor libro de deportes de todos los tiempos.

Su crónica aborda minuciosamente todos los aspectos marginales de la pelea que se convierten, bajo su mirada, en las vigas maestras de la crónica; resulta imposible escapar al influjo de la atmósfera camino al Madison Square Garden, a sus visitas a los boxeadores y sus conversaciones con los entrenadores (“le dijimos a Joe Luis que Carnera era un hombre de Mussolini y que Mussolini había empezado la guerra en Etiopía; Joe lo derribó como si fuera un árbol”), sus reflexiones -su odio- sobre el impacto de la radio y la televisión (“por un motivo: no les puedes decir a los boxeadores qué tienen que hacer”), su vista atrás para recordar los viejos combates, aquellos en los que se peleaba a puño descubierto. Y, en fin, los momentos que cambiaron la historia del boxeo -un segundo, un golpe, una pelea- bajo el aplastante dominio de su pluma: “Marciano lanzó uno de esos crochés e hizo blanco. Era el tipo de impacto que confunde el cerebro. Creo que ese golpe fue el que hizo a Joe Luis sentirse viejo”; o la derrota de Sugar Ray Robinson bajo un calor embrutecedor tras fallar un golpe en el que había depositado todas las fuerzas que le quedaban y fue tumbado acto seguido por Maxim sin misericordia; Robinson salió del cuadrilátero echándole la culpa de su derrota a Dios: entendía que nadie más podía ganarle.

Liebling fue una leyenda del periodismo, uno de los pocos elegidos que pudieron firmar sus crónicas -él para The New Yorker- fechadas el 6 de julio de 1944, el Día D, desde la playa de Omaha. Ésa fue su estatura como periodista, su tour de force; la medida de todas las cosas que hizo antes y después. Quizás pensó, al abordarlo, que La dulce ciencia suponía un entretenimiento, dar rienda suelta a una pasión suya. Pero en esas crónicas gotea todo lo recogido; el hombre que bajó de una lancha a la arena de Normandía entre balas y bombazos es el mismo periodista rechoncho y miope que se echa a la buena mesa antes y después de los combates de boxeo: el mismo rigor, la misma habilidad para sujetar los paisajes y sus personajes y exponerlos en las páginas con una escandalosa veracidad. Y que hace ver en todos sus artículos que él paga sus combates: que no es un gorrón, ni un cronista profesional.

“Liebling”, dice el periodista David Gistau, un apasionado del boxeo, “apenas tuvo tiempo de contemplar la aparición del primer Alí (aún Cassius Clay) e intuyó cómo iba a ser en lo bueno y en lo malo. Murió justo cuando empezaba la edad dorada de los pesos pesados, y por ello no pudo contarla, sólo la percibió”. El capitán Ahab, por cierto, no derrotó a Moby Dick. El elegante Archie Moore se batió con destreza. O esquivas, o piensas, y la brutalidad de Marciano obligaba a Moore a esquivar todo el rato. Rocky Marciano lo aplastó varias veces. Ni dulce, ni ciencia. Liebling recordó durante ese combate una frase que Rocco Francis Marchegiano (hizo con su nombre lo mismo que con sus rivales: esculpirlo con un taladro) debió recordar también: “Sea lo que sea lo que tu rival quiere hacer, no le dejes hacerlo”.

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *