El feminismo no le funcionó a Serena Williams


Por qué no todo es machismo
Usar el feminismo como justificación para cualquier cosa es una manipulación de los valores del movimiento, los debilita y convierte el discurso en una trampa

Madrid 10 SEP 2018 – 15:01 EDT
Naomi Osaka ganó el sábado la final del US Open frente a Serena Williams, la leyenda. Sin embargo, no fue eso lo que destacaron los medios de comunicación ni de lo que se habló en la calle o en las redes sociales. Fue Williams y una triple sanción. Perdió los nervios, destrozó la raqueta contra el suelo y se enfrentó al árbitro: “¡Eres un mentiroso y un ladrón!”. “¡Soy madre, antes pierdo que hacer trampas!”. “¡Me debes una disculpa, me debes una disculpa!”. “¡No me volverás a arbitrar nunca más! ¡Es porque soy una mujer y lo sabes! ¡Si fuera un
hombre no me harías esto!”. “¡Estás atacando mi personalidad!”.

Williams convirtió una mala respuesta a la presión de un partido en una bandera del feminismo; y las amonestaciones del árbitro, ajustadas a las normas, según los expertos, en un ataque sexista. El debate es doble: sobre su actitud y sobre el machismo en el mundo del tenis. Pero, en esta ocasión, van por separado.

El feminismo se ha convertido en una capa inmensa que lo arropa todo, con más fuerza en los dos últimos años; empujado por la calle, las redes sociales, periódicos, radios, televisiones, webs, los gremios del cine y la música, influencers, youtubers y rostros conocidos de distintas áreas, a todos los niveles: cultural, político, económico y social. Pero esa perspectiva, que ya forma parte del debate diario, no siempre es la respuesta, ni sirve para todo ni debería ser utilizada como excusa, según numerosas feministas y expertos consultados. No es un comodín ni da carta blanca a cualquiera, en cualquier momento y para cualquier cosa. M. Ángeles Cabré, directora del Observatorio Cultural de Género, se pregunta si Williams gritó en aquel momento porque la estaban agraviando como mujer. Su respuesta es negativa: “El feminismo no es un escudo en el que parar todos los golpes que nos da la vida, exige responsabilidad y un buen uso”.

No siempre se hace y esa manipulación del discurso juega a la contra; en un movimiento que crece y se expande a una velocidad vertiginosa, que ya es masivo y que tiene altavoces capaces de llegar a millones de personas de una vez, los disfraces no hacen falta. Que en el tenis hay discriminación salarial por género, de trato, de cobertura mediática y de atención institucional es un hecho. Pero eso no puede usarse para explicar todo lo que ocurre en la pista, como arguye Loola Pérez, feminista, filósofa e integradora social: “Las mujeres empoderadas con una personalidad tan fuerte como la que ella tiene en el campo, deben ser honestas con ellas mismas y saber cuándo lo están haciendo bien y cuándo lo están haciendo mal”. Zua Méndez, de Towanda Rebels, discrepa en este sentido, cree que este debería ser otro de esos momentos en los que debe decirse: “Vamos a creer a las mujeres”. “Porque está rompiendo estereotipos en un deporte que no es nada amable con ellas”.

Sí. Pero quizás porque hay argumentos, datos y estadísticas suficientes como para denunciar un machismo institucionalizado, no hace falta vestir el feminismo de victimismo ni hacer del discurso una deriva. Si dejamos que todo, por sistema, se convierta en machismo, corremos el riesgo de perder fuerza y razón en lo que sí es consecuencia de una sociedad patriarcal. A ello hace alusión Octavio Salazar, jurista y experto en igualdad: “Lo que define a un comportamiento machista es que hay un ejercicio de dominio o supremacía de un hombre hacia una o
varias mujeres, e implica un trato violento, denigrante o humillante. Pero no lo es una llamada de atención por incumplimiento de las normas”. Según Salazar, aquí falla la visión transformadora del feminismo: “Y me parece de dudosa ética alegar que eso puede ser una actuación feminista o contra el machismo”. Añade, además, el error que supone la búsqueda de la igualdad por imitación a lo más negativo de lo que culturalmente está asumido como masculino: “Hay mujeres que para empoderarse asumen comportamientos iracundos y violentos como son los que habitualmente protagonizamos los hombres. Una de las enseñanzas del feminismo es que las mujeres no tendrían que hacer las mismas gilipolleces que hacemos los hombres”.

A pesar de partir de un constructo falso, la queja de Williams ha generado varias conversaciones necesarias. La del machismo en el mundo del tenis, por supuesto, que ocupa desde la noche del pásado sábado el diálogo en medios internacionales y círculos relacionados con el feminismo; y también otras que entroncan con la visión y el tratamiento que se hace del comportamiento de las mujeres. Nuria C. Sopena, periodista y escritora feminista, apunta a ello: “Puede que a un tenista se le permita un estallido y a una tenista no. Puede que a un
tenista se le permita perder las formas y sin embargo a ella ahora se la vea como una mujer un tanto nerviosa”. La infantilización de la terminología con la que se describen los gestos o el tono de una mujer sigue siendo una constante: los hombres son temperamentales y las mujeres histéricas, los hombres se enfadan y las mujeres se cogen rabietas. Ni la rabia ni los aspavientos de ellos deberían estar socialmente aceptados, ni los de ellas tan denostados. Si la igualdad es el objetivo, que el camino para llegar sea también ese. Loola Pérez lo concreta: “Usar el victimismo para expresar una falsa denuncia de sexismo es una trampa. Una perversión de los valores de igualdad. No creo que esto sea algo que tenga que ver con el movimiento feminista” .

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