Trump y Tillerson, dos posiciones diferentes

Trump y Tillerson, poli malo y poli bueno
Las posiciones entre el presidente de Estados Unidos y su jefe de la Diplomacia alejan. El propio secretario de Estado ha admitido discrepancias públicamente

Donald Trump presentó a su elegido para el puesto de secretario de Estado, el jefe de la diplomacia —un puesto tradicionalmente clave de la política americana—, como uno de los fichajes de mayor relumbrón de su nuevo Gobierno: Rex Tillerson, el veterano jefe del gigante petrolero Exxon Mobile, sin bagaje político pero muy ducho en relaciones internacionales y acostumbrado a lidiar con el Kremlin; un profesional de la realpolitik. Pero las diferencias entre ambos, visibles desde el primer momento, se han intensificado en las últimas semanas.

El propio Tillerson reconoció hace días que discrepa del presidente respecto al histórico pacto nuclear con Irán alcanzado en 2016 por Barack Obama junto a Rusia y China. Trump juró y perjuró durante la campaña que lo rompería si ganaba las elecciones, pero el secretario de Estado logró convencerle para mantenerlo, eso sí, a regañadientes. “Él y yo tenemos puntos de vista diferentes sobre el JCPOA [siglas en inglés del acuerdo] y cómo deberíamos usarlo”, apuntó, y advirtió de que Washington aún está sopesando si abandonar ese barco o proseguir en él y controlar que
Teherán lo cumpla.

Seguramente que Tillerson no calculó que tendría que lidiar con un incompetente total como Trump. Pero tampoco se da su lugar.

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Si Trump emplea un tono duro, Tillerson lo corrige en forma, pero también en fondo. Ocurrió con las medidas de aislamiento contra Qatar impulsadas por Arabia Saudí y sus aliados, que el mandatario no solo bendijo, sino que presentó como fruto de su viaje a Oriente Próximo. Además, el secretario de Estado había sido mucho más prudente antes de las palabras de Trump —animando a esos países a “sentarse y abordar sus diferencias”— y también después, al pedir que se suavizase el bloqueo. Con Corea del Norte, donde el comandante en jefe muestra un puño de hierro en las redes sociales, es el jefe de la diplomacia el encargado de matizar todo eso que no cabe en los tuits de Trump.
Ahora se encuentra de gira por Oriente, tratando de convencer a los países de que aumenten la presión sobre Pyongyang.

El suyo ha parecido en ocasiones un juego de poli bueno y poli malo, pero sin programación ni concierto. La cacofonía entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado tiene un claro perjudicado, Tillerson.

En su vida anterior, manejaba un gigante petrolero, negociaba con solvencia con el Kremlin y sabía lidiar con asuntos tan críticos para su negocio como la política de cambio climático, toda una serie de habilidades de gestión que le hacían idóneo para el puesto. Hoy muchos analistas las echan en falta. Le pasa factura el distanciamiento de Trump, ahora más cariñoso con los generales —Jim Mattis, jefe del Pentágono; John Kelly, nuevo jefe de gabinete, y H. C. McMaster, consejero de Seguridad Nacional—, que han robado protagonismo al jefe de la diplomacia.

Con un equipo que llegó a la Casa Blanca con el mensaje de “América primero”, que tanto cuestionó la vocación internacionalista de Barack Obama, el de secretario de Estado tampoco era un puesto predestinado a la gloria. El recorte de más de un tercio de su presupuesto planteado por el Gobierno lo certifica. Pero, en los avatares internacionales en los que ha entrado Washington estos seis meses, Tillerson tampoco ha sabido o podido afianzar su labor. Fue sonada su ausencia en la cumbre de la Organización de Estados Americanos (OEA) en junio en Cancún, lo que
contribuyó al fracaso de la declaración de condena a Venezuela. Y su papel en las conversaciones previas sobre el Tratado de Libre Comercio (TLC, o Nafta, en sus siglas en inglés) con México, cuya primera ronda comienza la próxima semana en Washington, ha sido más que discreto.

La prensa estadounidense ha convenido que Rex Tillerson es el secretario de Estado con perfil más bajo en medio siglo, una invisibilidad en buena parte deliberada, pues él mismo huye del foco mediático. Apenas tiene contacto con los periodistas, muchos diplomáticos le son críticos y los ataques a su gestión se multiplican. “Rex Tillerson es una decepción enorme”, titulaba el lunes el columnista de The Washington Post Michael Gerson, lamentando que el exdirectivo estaba llamado a ser “el adulto en la habitación” en el Gobierno de Trump, y reprochándole el paso atrás
en su compromiso con la defensa de los derechos humanos. El viernes, Dereck Chollet, en Foreign Policy, se despachó con un “¿Por qué ha caído de bruces Rex Tillerson como secretario de Estado?”, destacando el poco ascendente que tiene en la Administración y acusándole de estar muy dedicado a reorganizar el departamento, pero no con el fin de fortalecerlo, sino para que su papel en la Administración quede relegado.

Por suerte algunos de los que rodean a Trump difieren de él, vamos a ver cuánto resisten.

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