Trump obsesionado porque en buena ley no le ganó a Hillary Clinton


Una nota para Donald Trump: las elecciones terminaron hace 219 días. Y tú ganaste
El 8 de noviembre del 2016, Donald Trump venció a Hillary Clinton, la mayor derrota sorpresiva de la política estadounidense moderna.

Eso fue hace 219 días.

Y sin embargo, este jueves por la tarde, Trump envió dos tuits atacando a su antiguo oponente. “¿Por qué es que la familia de Hillary Clinton y los demócratas que están tratando lo de Rusia no son mirados y lo que no estoy tratando yo sí?”, tuiteó Trump justo antes de las 4:00 p.m., hora del este.

Donald J. Trump ✔ @realDonaldTrump
Why is that Hillary Clintons family and Dems dealings with Russia are not looked at, but my non-dealings are?
14:43 – 15 Jun 2017

Un segundo tuit siguió doce minutos más tarde: “La corrupta H destruyó los teléfonos con martillo, ‘blanqueó’ mensajes de correo electrónico e hizo que su marido se reuiera con el secretario de Defensa días antes de que ella fuera salvada, y hablan de obstrucción?

Donald J. Trump ✔ @realDonaldTrump
Crooked H destroyed phones w/ hammer, ‘bleached’ emails, & had husband meet w/AG days before she was cleared- & they
talk about obstruction?
14:56 – 15 Jun 2017

Lo que estos tuits sugieren es algo que ya sabíamos: Trump simplemente no puede dejar a un lado las elecciones del 2016 ni a Hillary Clinton. Además demuestra que Trump, septagenario, sigue pensado como un niño malcriado.

Pasó semanas disfrutando de su impresionante victoria. Recordó a cualquier persona que le pidió (y a mucha gente que no lo hizo) que había ganado por más de 300 votos electorales, una hazaña que la gente dijo que era imposible para cualquier republicano. A medida que se acercaba su centésimo día en el cargo, Trump entregó mapas electorales a periodistas que vinieron a hablarle sobre lo que había hecho durante esos primeros cien días. Se mostró que enormes mapas electorales enmarcados fueron llevados a la Casa Blanca.

Las elecciones del 2016 representaron el mayor triunfo de Trump, el trabajo de su vida: probar que todas las élites que se burlaban de él o que decían que no podía hacer algo estaban equivocadas desde el principio. Tenían que comerse sus palabras. Él estaba en lo correcto. Todos los demás estaban equivocados. El fin.

Luego está el hecho de que Trump también funciona mejor cuando tiene algo o alguien contra quien competir. En Clinton encontró a una oponente perfecta: la lucha de la cautelosa contra el arriesgado, la del establecimiento contra el ‘outsider’, la de la educada contra el indisciplinado.

Tiene sentido entonces que en uno de los momentos más oscuros de su presidencia hasta la fecha (después del informe del Washington Post en la noche de este miércoles según el cual el fiscal especial Bob Mueller estaba investigando a Trump por obstrucción de la justicia) que Trump volvería a sus mejores recuerdos y a su papel más confiable.

El problema para Trump es que ganó las elecciones. Se acabó. Se acabó hace ya mucho tiempo (ahora estamos más cerca de noviembre del 2017 que de noviembre del 2016).

Al ganar, se convirtió en el presidente. Y lo que el presidente actual hace o ha hecho importa mucho más que lo que hace un candidato presidencial perdedor, a los ojos de nuestros sistemas penales y legales.

Muchos miembros del Congreso, de ambos partidos, han dimitido frente a problemas legales, sabiendo que un exmiembro de la Cámara es mucho menos jugoso como objetivo que uno en funciones.

Luego están los detalles de las acusaciones que Trump está haciendo contra Clinton en sus tuits. En su primer tuit sobre los vínculos con Rusia, la historia a la que pienso que Trump se está refiriendo es esta, que se publicó en el New York Times en abril de 2015 y que fue titulada: “El dinero fluyó a la Fundación Clinton en medio del acuerdo de uranio ruso”. El tema era el hecho de que varios canadienses que habían sido donantes importantes de la Fundación Clinton habían vendido su compañía a una firma rusa llamada Rosatom.


He aquí el párrafo clave:

“Mientras los rusos gradualmente asumían el control de Uranium One en tres transacciones separadas desde el 2009 hasta el 2013, los registros canadienses muestran que un flujo de efectivo llegó a la Fundación Clinton. El presidente de Uranium One usó su fundación familiar para hacer cuatro donaciones por un total de 2,35 millones de dólares. Esas contribuciones no fueron divulgadas públicamente por los Clinton, a pesar del acuerdo que la señora Clinton había firmado con la Casa Blanca de Obama para identificar públicamente a todos los donantes y otras personas con vínculos con la compañía que también hicieron donaciones”.

La Fundación Clinton admitió que había cometido errores de divulgación. La acusación de que Clinton, como secretaria de Estado, podría haber vetado la venta, fue hallada falsa por Factcheck.org.

El segundo tuit de Trump se refiere a una serie de resultados emitidos en la campaña del 2016. El rompimiento de teléfonos con un martillo y el blanqueo de mensajes de correo electrónico proviene de un informe del FBI sobre su servidor de correo electrónico privado. El otro cargo se refiere a la decisión de Bill Clinton de reunirse con la entonces secretaria de Justicia, Loretta Lynch, mientras sus aviones permanecían inactivos en la pista.

El exdirector del FBI, James Comey, dijo en la audiencia en el Congreso la semana pasada que creía que la reunión no fue apropiada. También detalló el hecho de que Lynch le había dicho que se referiría a la investigación por los correos electrónicos de Clinton como un “asunto” y no como una investigación, un planteamiento que le causaba “náuseas”.

Lo que Trump está argumentando es, en esencia, que las preguntas sobre la venta de la mina de uranio y la visita al avión deben tener precedencia sobre el “engaño” que es la investigación sobre la intromisión rusa en las elecciones del 2016, en potencial connivencia con su campaña, y la posibilidad de que él haya obstruido a la justicia durante la investigación.

Esto es, por supuesto, una cuestión de opinión personal, cosa que Trump ejerce mucho. Pero recuerda que el fiscal especial fue nombrado por el procurador general adjunto en el mismo gobierno de Trump. Bob Mueller fue elegido por el subsecretario de Justicia Rod Rosenstein, no por Clinton ni por nadie más. No fue una acción partidista.

En esto, Trump es una víctima de su propio éxito.

Él ganó las elecciones. Él es el presidente y la persona más poderosa del país. Eso significa que tiene un nivel de escrutinio como nadie más, especialmente cuando hay tanta humareda en torno a los lazos entre Rusia y su campaña, y su decisión de despedir a Comey en medio de una investigación federal sobre esas acusaciones.

Trump puede tratar de distraer, de desviar. Puede quejarse de las presuntas transgresiones de Clinton. Pero lo que no puede cambiar es el hecho de que es presidente, y esta investigación no va a desaparecer sólo porque envió dos o doscientos tuits sobre Clinton

Tres millones de votos más para la candidata demócrata pese a la interferencia rusa.

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