No somos enemigos del pueblo, finalice su guerra contra la prensa libre, dicen a Trump


Presidente Trump, no somos ‘enemigos del pueblo’. Finalice su guerra contra la prensa libre

Ningún presidente estadounidense o, de hecho, ningún concejal de una ciudad, ha quedado completamente satisfecho de la forma en que la prensa lo ha presentado. Nunca un funcionario ha dicho: “¡Aprecio la precisión de sus reportes sobre mis defectos!” o “Bien hecho por responsabilizarme”.

Pero el presidente Donald Trump se ha desviado a un territorio desconocido y peligroso con su incesante asalto a la prensa libre y la Primera Enmienda. Por supuesto, la ironía de los ataques de Trump contra los “¡ENFERMOS!” y la “gente muy deshonesta” en “la prensa falsa”, a la que acusa de proporcionar, sí, “noticias falsas” es que él es un producto de los tabloides de Nueva York. Él es tan hábil en la manipulación de su cobertura como experto en socavarla.

Pero hoy en día las consecuencias de la batalla perpetua del Presidente contra los periodistas se extienden mucho más allá de las páginas de chismes de Manhattan. Y la antipatía dirigida contra Jim Acosta, de CNN, no está reservada solo para la prensa que cubre la Casa Blanca. En todas partes del país, cualquier asunto al que un funcionario no quiere referirse o del que un lector no quiere escuchar ahora es
“noticia falsa”.

En nuestro negocio, sabemos cuán importantes son las palabras. También sabemos que las referencias que Trump hace de nosotros como el “enemigo del pueblo estadounidense” no son menos peligrosas porque resultan ser estratégicas. Así los nazis llamaban a los judíos. Así es como los críticos de Stalin eran marcados para su ejecución.

Cada reportero que alguna vez haya cubierto un acto de campaña de Trump conoce el riesgo de amenaza que implica el momento en que él traslada la atención de la multitud a los reporteros, muchos de los cuales ya no se sitúan en la tribuna de prensa por ese motivo.

Y tan real como es la amenaza de la violencia física, especialmente después del asesinato de nuestros colegas en Annapolis, Maryland, la postura agresiva de Trump hacia la Primera Enmienda nos preocupa aún más.

Es por eso que casi todos los 30 periódicos de McClatchy, que casi nunca hablan con una sola voz, lo hacen ahora. Es por eso que nos unimos a otros periodistas de todo el país para exigir el fin de la guerra verbal del Presidente contra nuestra prensa libre.

Es una afrenta a la Constitución de Estados Unidos cuando el presidente Trump amenaza con eliminar las protecciones de la Primera Enmienda que la Corte Suprema ha consagrado a las leyes de difamación de nuestra nación, o cuando sugiere revocar las licencias de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de los medios de comunicación cuyas informaciones no le agradan.

El hecho de que la Casa Blanca mancille a los periodistas que hacen su trabajo es peligroso para el público y para la prensa. No es solo que no nos guste que nos llamen “noticias falsas”. Ese nombre inapropiado desacredita los hechos y crea lo que la consejera de Trump Kellyanne Conway llamó “hechos alternativos”, algo que básicamente imposibilita sostener un debate razonado e instruido.


Todos nosotros, como ciudadanos, participamos en esta lucha, y las líneas de batalla parecen bastante claras. Si alguien tiene éxito calificando a la prensa como “enemigo del pueblo estadounidense”, ¿qué lo detendrá para después hacer lo mismo con sus amigos?, ¿su familia?, ¿o usted mismo?

Ni siquiera el presidente Richard Nixon, cuya “lista de enemigos”, con 20 ciudadanos particulares que esperaba “maltratar” utilizando su cargo público, incluía a tres periodistas, intentó incitar a la violencia contra los reporteros. Mientras en privado se molestaba con Bob Woodward y Carl Bernstein como “enemigos… tratando de clavarnos el cuchillo en la ingle”, ni siquiera Nixon nos etiquetó a todos, al estilo soviético, como “enemigos del pueblo”. Ni siquiera se atrevió a retar la idea de que nuestra libertad de prensa hay que protegerla.

Donald Trump juró sobre la Biblia de Abraham Lincoln defender la Constitución. Y la garantía de la Primera Enmienda de que “el Congreso no hará ninguna ley… que restrinja la libertad de expresión, o de prensa” implica que ninguna rama del gobierno lo hará.

Un hecho que muestra cuán exitosos han sido sus esfuerzos se refleja en que el 44 por ciento de los republicanos encuestados recientemente dijeron que Trump debería tener el poder de un autócrata para cerrar los medios de comunicación.

Al igual que Nixon, Trump todavía anhela el tipo de cobertura que su comportamiento hace imposible. Pero su sitial en la Historia será mucho menos variado y aún más sucio que el de Nixon si continúa amenazando lo mejor que ha hecho James Madison.

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