La familia Trump: sin moral y sin decencia


Hay un terrible vacío moral en la casa Trump

Friedrich, el abuelo de Donald Trump, emigró a Estados Unidos cuando tenía 16 años, en 1885. Se aventuró al oeste para buscar riqueza y finalmente se asentó en Seattle, donde abrió un restaurante que, según la historiadora de la familia Gwenda Blair, probablemente incluyó una sección para un burdel.La fiebre del oro golpeó al noroeste del Pacífico, y el Abuelo Trump se mudó a Bennett, Columbia Británica. Era una atmósfera rápida y estridente para agarrar dinero, y Trump abrió el Arctic Hotel, que tenía un bar, un restaurante y, según un anuncio que apareció en la edición del 9 de diciembre de 1899 del periódico The Bennett Sun, “cubículos privados para damas y fiestas”. Cada cubículo aparentemente venía equipado con una cama y una báscula para pesar el polvo de oro que se usaba para pagar los servicios que se ofrecían.

Friedrich volvió a Alemania, se casó y fue regresado a Estados Unidos por las autoridades alemanas (no había cumplido el requisito del servicio militar) y amasó una fortuna modesta.

Frederick, el papá de Donald, empezó a construir viviendas para la clase media. Sus perfiles lo describen como un hombre intenso, obsesionado con el éxito, que trabajaba siete días a la semana y que alentaba a los que lo rodeaban para que fueran implacables en su campo. “No le gustaban los debiluchos”, declaró su sobrino a Philip Weiss, de The Times. “Creía que la competencia volvía más inteligente a la gente”, señaló.


Le preocupaban mucho las apariencias. “Freddy siempre estaba muy arreglado, un Beau Brummell”, dijo Sam LeFrak a Weiss. “Tenía bigote, y ese bigote siempre estaba derecho, perfecto”, señaló. También era despiadado. En una entrevista con Michael D’Antonio, Donald Trump describió a su padre como “muy duro”, y “muy difícil”, como alguien que “nunca dejaba pasar nada”.

Las biografías describen a un hombre intencionado a hacer su fortuna, sin miedo a caminar por el filo para lograrlo. En un punto, según Politico, investigadores federales encontraron que Frederick usó varias métricas de contabilidad para hacerse de 15 millones de dólares extra en rentas (en dólares actuales) de un programa de vivienda del gobierno, además de pagarse él mismo abultados “honorarios de arquitecto”. Fue llevado ante comités de investigación al menos en dos ocasiones; aparentemente fue arrestado en una reunión del KKK en Queens (aunque no está claro que haya sido miembro de la organización); se involucró en un escándalo por un fondo con fines ilegales con Robert Wagner, y enfrentó cargos por discriminación.

Repito esta historia porque no creo que el olvido moral se forme en un día. Deben pasar generaciones para sacar de la mente de una persona las consideraciones éticas y reemplazarlas por completo con la lógica implacable de ganar y perder; para tomar el anhelo humano normal de ser bueno y reemplazarlo con el deseo resuelto de la conquista material; para tomar el instinto humano normal de la amabilidad y reemplazarlo con una mentalidad de la ley de la selva.

Fueron necesarias varias generaciones de la Casa Trump, en otras palabras, para producir a Donald Jr.

El Donald Trump Jr. que vemos a través del escándalo del caso de Rusia no es malevolente: simplemente parece no ser consciente de la idea de que consideraciones éticas posiblemente puedan jugar un papel en la vida cotidiana. Cuando la oferta del gobierno ruso se presentó en su correo electrónico, no parece haber habido un atisbo de preocupación. En cambio, contestó con ese tono de simple regocijo que recordamos de otros escándalos.

“¿Puedes oler el dinero?!?!?!?!”, escribió Jack Abramoff en un correo electrónico enviado a un co-conspirador durante sus embustes de cabildeo y fraude con casinos. Es el mismo tono del “Me encanta” de Don Jr. cuando le ofrecieron la oportunidad de conspirar con una potencia hostil. Una persona capaz de esta alegría y entusiasmo instantáneo no está superando ninguna barrera ética interna. Simplemente es un niño codicioso agarrando caramelos.

Una vez que el escándalo salió a la luz, habríamos pensado que Don Jr. tendría cierta consciencia de que estuvieron en juego cuestiones éticas. Pensaríamos que tendría cierto sentido de vergüenza por haber sido descubierto mintiendo tan flagrantemente.

Él padre era un empresario de dudosa reputación que fue detenido en una manifestación del Ku Klux Klan en 1927 por racista

Pero en su entrevista con Sean Hannity pareció incapaz de siquiera albergar alguna consideración moral. “Eso es lo que hacemos en los negocios”, dijo Trump hijo. “Si hay información, la queremos”, afirmó. Tal como señaló William Saletan en Slate, Don Jr. no parece tener las cualidades internas necesarias para considerar la posibilidad de que podría haber hecho algo malo.

Eso, para mí, es la enseñanza clave de las revelaciones de esta semana. No es que el escándalo ruso pueda echar abajo a la administración. Es que durante las últimas generaciones la familia Trump ha formado una cultura envolvente que está más allá del bien y del mal.

Los Trump tienen una ética de lealtad entre ellos. “No pueden soportar que seamos extremadamente unidos y que siempre nos apoyemos”, tuiteó esta semana Eric Trump. Pero más allá de eso, no hay ninguna conexión con alguna verdad moral externa o código ético. Solo hay simple capitalismo.

Los empresarios exitosos, como los políticos exitosos, son muy ambiciosos, pero generalmente tienen cierto código moral complementario que controla su codicia y canaliza su ímpetu. La Casa Trump ha fumigado con insecticida cualquier código complementario posible, y así pisotean continuamente la decencia básica. Sus escándalos quizás no constituyan nada impugnable, pero los escándalos nunca terminarán.

De tal palo, tal astilla.

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