El falso presidente que no sabe perder

El falso presidente que no sabe perder
Empujó al primer ministro montenegrino, no soltó la mano a Macron, inventó hechos alternativos, intimidó al director del FBI, insultó por Twitter… el presidente de EE UU se define en cinco escenas

Hace un año. El 8 de noviembre de 2016, Donald Trump ganó las elecciones. Desde entonces, la historia se ha acelerado. En sus nueve meses de mandato, el presidente ha intentado dar la vuelta a todo. Desde retirar a EEUU del pacto contra el cambio climático a imponer el veto migratorio, bombardear Siria o iniciar la escalada nuclear con Corea de Norte.

Aunque es pronto para conocer el impacto de sus medidas, en algo si hay ya consenso: muchas cosas habrán podido cambiar, pero no él. “Gobierna igual que cuando hacía campaña, y así será difícil que crezca como presidente. Pero si mantiene la polarización habrá espacio para él y una posible reelección”, explica Julian Zelicer, profesor de Historia de la Universidad de Princeton. “Sigue como siempre. A sus 71 años se cree superior y con sus artimañas ha conseguido el empleo más poderoso del mundo. ¿Para qué iba a cambiar?”, apostilla el biógrafo y Premio Pulitzer David Cay Johnston.

Fiel a sí mismo, el presidente ha empleado las mismas técnicas de división y ataque que usó como candidato. El resultado ha traído algunas escenas inesperadas. Estos son cinco de sus momentos estelares.

Los hechos alternativos estrenan era

Toma de posesión de Trump casi vacia, y la de Obama.

Todo empezó con la lluvia. Las primeras gotas empezaron a caer cuando Donald Trump estaba jurando el cargo sobre la biblia de Abraham Lincoln. Luego, al escucharse las salvas fusileras, la precipitación ya había adquirido consistencia. No fue a más, pero a nadie que presenció en el Capitolio la investidura se le escapó que allí había llovido. Poco, pero llovió.

Dio igual.

En su relato de la “maravillosa” jornada del 20 de enero, el republicano mejoró de tal modo la realidad que eliminó la lluvia. La afirmación, que causó inmediatas suspicacias, quedó pronto eclipsada por otra sorpresa mayor. Trump y sus voceros contaron al mundo que aquella ceremonia (sin lluvia) había tenido la mayor asistencia registrada hasta entonces.

Cuando salieron las fotografías que demostraban que en cualquiera de las dos investiduras de Barack Obama la afluencia había sido superior, la asesora Kellyanne Conway dio con un hallazgo destinado a la perplejidad hermenéutica: alegó que, lejos de tratarse de una mentira, eran puros “hechos alternativos”. Quedaba inaugurada la era de la posverdad presidencial.

Cena en la intimidad con el director del FBI

Un escándalo sonado, el presidente se pensó que Comey era su empleado.

No había pasado una semana de la investidura y el director del FBI, James Comey, acudió a cenar a la Casa Blanca.
Le había llamado el propio presidente y pensaba que iba a encontrarse con más comensales. Pero tras cruzar el umbral, pudo comprobar que aquello era otra cosa. Le hicieron pasar al Salón Verde y le sentaron en una mesa oval demasiado pequeña para alguien que mide 2,03 metros. La comida la servían dos asistentes que desaparecían tan pronto como dejaban el plato. Trump, poderoso y solitario, le miraba fijamente.

El director del FBI, cómo el mismo detalló ante el Senado, se sintió intimidado. “Mis instintos me decían que esa cena buscaba establecer una relación clientelar”.

En esa sospechosa intimidad, el presidente le preguntó si quería seguir como director del FBI y le recordó que era un cargo con muchos pretendientes. Comey, en cuyas manos estaba la investigación de la trama rusa, trató de esquivar el golpe recordando su carácter apolítico, pero Trump no dejó escapar a la presa. “Necesito lealtad, necesito lealtad”, le espetó.

La respuesta fue muda: “No me moví ni hablé ni cambié mi expresión facial durante el embarazoso silencio que siguió. Simplemente nos miramos el uno al otro”.

A partir de aquel instante, Comey, siempre según su relato, trató de evitar al presidente de Estados Unidos.
Durante tres largos meses, se sintió sucesivamente “asombrado, confuso, turbado” por las supuestas presiones para enfriar las investigaciones de la trama rusa. El 9 de mayo, tras una larga resistencia, fue despedido.

El empujón por ser el primero en la foto

Trump odia la segunda fila. Para él, quien no gana, pierde. Y además es motivo de burla. “Amo a los perdedores porque me hacen sentir bien conmigo mismo”, se mofaba hace una década en las conferencias que impartía para explicar su camino al éxito.

Esa necesidad de triunfo genera en el presidente una ansiedad por ser siempre el primero, como pudo verse en mayo pasado en la cumbre de la OTAN en Bruselas. Era su primera gran experiencia diplomática europea y ese día los mandatarios se dirigían a hacerse la foto de familia. Trump se había rezagado. Pero en lugar de quedarse atrás, ese sitio tan odioso, decidió ponerse delante. En su camino se interponía el primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic. Sin miramientos, Trump le dio un empujón y tomó su lugar. Completó la escena, ajustándose la americana en ademán dominante. Volvía a estar en primera fila.

Dándole la mano y algo más a Macron

Esa misma cumbre deparó otro momento Trump. En Bruselas coincidió con su gran antagonista mundial, el presidente francés, Emmanuel Macron. Dos ideologías opuestas se estrecharon la mano. En el apretón, Macron sorprendió a Trump y mantuvo el saludo más tiempo de lo esperable. Luego se jactó de que había sido un gesto premeditado. “Es una forma de mostrar que no vamos a hacer pequeñas concesiones, aunque sean simbólicas”, dijo.

El presidente de EEUU tomó nota y el 14 de julio, en su visita de Estado a Francia, devolvió el golpe. Fue al finalizar el desfile. A la hora despedirse, Trump le dio la mano a Macron y partir de ahí empezó el suplicio para el francés. Durante 28 eternos segundos le tuvo atrapado. Más corpulento y más alto, Trump le clavó a su vera y sin soltarle la mano le palmoteó en el pecho, los brazos y el hombro y hasta abrazó a su esposa Brigitte mientras el orbe veía a un Macron azorado y sin poder soltarse de su invitado. Trump, otra vez, se sentía ganador.

Twitter, el escenario de sus pasiones

Como Trump es un inculto que no sabe hablar prefiere escribir estupideces en Twitter.

Trump revive en Twitter. Es su escenario preferido. Allí se libera y, a cualquier hora, muestra su rostro interior. Puede ser un ataque al líder norcoreano, un insulto a su antigua rival demócrata o una andanada a los medios críticos

Su última gran dentellada ha sido a la NFL, la liga de fútbol americano. El primer aviso llegó a finales de septiembre, cuando se lanzó contra los jugadores negros que se arrodillaban durante el himno en señal de protesta por los abusos raciales en EEUU. Empezó con la gran estrella de los Warriors, Stephen Curry, a quien retiró una invitación a la Casa Blanca. Prosiguió en un mitin en Alabama donde llamó “hijos de puta” a los deportistas que “faltaban el respeto” a la patria. Y remató días después pidiendo que se boicotease a los clubes que no despidiesen a los jugadores.

El incendio aún dura. La liga, con un 70% de jugadores negros y unas élites altamente conservadoras, le dio la espalda al completo. Los Giants, los Patriots y hasta el mismo presidente de la NFL, antiguo amigo de Trump, le reprocharon abrir una nueva fractura social. Universidades, intelectuales, movimientos sociales le acusaron de racista. Pero el presidente no cedió. Por el contrario, su última contestación ha sido pedir que aumenten los impuestos a la NFL. “¡Que cambien la ley fiscal ya!”, ha clamado. En Twitter, por supuesto.

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